
«La Torah, un documento olvidado por algunos, mal interpretado por otros y confundido por muchísimos más»
A lo largo de los siglos este texto ha sido colocado dentro de categorías que muchas veces simplifican o distorsionan su naturaleza. Con frecuencia se afirma que la Torah es el libro sagrado del judaísmo, y aunque hoy forma parte central de esa tradición religiosa, reducirla únicamente a ese marco deja fuera una discusión mucho más amplia sobre su origen, su función y la forma en que ha sido interpretada a lo largo de la historia.
Durante años se ha repetido la idea de que la Torah es un documento eterno, revelado directamente por Dios a Moisés y transmitido intacto desde entonces. Sin embargo, cuando uno se acerca al estudio histórico, arqueológico y antropológico del antiguo Medio Oriente, la imagen se vuelve bastante más compleja. La mayoría de los investigadores coinciden en que los textos que hoy conocemos como la Torah fueron recopilados, editados y organizados por distintos autores y escuelas de escribas entre aproximadamente los siglos VII y V antes de nuestra era. Es decir, no surgieron como un único documento escrito por una sola persona, sino como una compilación de tradiciones, leyes, mitos y relatos que fueron estructurados con el tiempo. Esto, lamentablemente, aunque los rabinos aseguren que no es así…
Esto también ayuda a comprender algo que a menudo se pasa por alto: en el mundo antiguo no existía originalmente la idea de un solo Dios como se entiende hoy dentro de las religiones monoteístas. Las culturas del Cercano Oriente eran profundamente politeístas. Los pueblos hablaban de múltiples dioses asociados a la naturaleza, al cielo, a la tierra, a la fertilidad, a la guerra o a los ciclos de la vida. Incluso muchas de las figuras que más tarde fueron reinterpretadas como ángeles o demonios formaban originalmente parte de otras categorías de seres espirituales o deidades menores dentro de esos sistemas religiosos.
Con el tiempo, ciertas tradiciones comenzaron a reorganizar estas narrativas alrededor de la idea de un solo Dios. Este proceso no ocurrió de un día para otro; fue el resultado de cambios culturales, políticos y religiosos que se desarrollaron durante siglos. En ese contexto, los textos que hoy conocemos como la Torah también cumplieron una función importante en la construcción de una identidad religiosa y cultural para el antiguo pueblo de Israel.
Reconocer esto puede resultar incómodo para quienes han sido educados dentro de una lectura puramente religiosa del texto. Sin embargo, mirar estos procesos con honestidad no necesariamente invalida el valor de los escritos. Más bien nos invita a comprenderlos desde una perspectiva más amplia. La Torah, como muchos textos antiguos, puede entenderse también como una construcción humana que buscó preservar ciertos principios, símbolos y preguntas fundamentales sobre la vida, la existencia y el orden del mundo.
También es importante aclarar otra confusión común: la Torah no es lo mismo que la Biblia. La Torah corresponde a los cinco primeros libros conocidos como el Pentateuco, mientras que la Biblia es una colección mucho más amplia de otros textos. La Torah, en cambio, está escrita originalmente en hebreo–arameo y presenta una estructura que ha sido interpretada durante siglos como un sistema lleno de símbolos y códigos.
Pero el verdadero desafío de la Torah no es traducirla, sino comprenderla. El lenguaje en el que está escrita no funciona como el de un idioma común que pueda trasladarse fácilmente de una lengua a otra. Su estructura está llena de símbolos, patrones y combinaciones que muchos estudiosos han interpretado como un sistema de conocimiento codificado.
Podríamos compararlo con el cuaderno de apuntes de un físico o matemático. Para alguien que no conoce ese lenguaje, las fórmulas pueden parecer incomprensibles o incluso absurdas. Pero para quien entiende el sistema, esas mismas fórmulas contienen principios capaces de explicar fenómenos complejos del universo. Algo similar ocurre con la Torah. Muchas personas la han leído únicamente en su nivel más superficial —como un relato histórico o religioso— mientras que otras han intentado explorar las capas más profundas de significado que se esconden en su estructura.
Durante mucho tiempo estudié la Torah desde el marco religioso en el que tradicionalmente se presenta. Con los años, sin embargo, mi comprensión de estos textos cambió. Me alejé completamente de la estructura religiosa que los rodea y comencé a observarlos desde otra perspectiva. En ese proceso también tuve que cuestionar muchas ideas que durante siglos se han repetido sin mayor revisión crítica.
Pero al mismo tiempo descubrí algo que sería un error ignorar, pues incluso cuando uno deja de lado las narrativas religiosas que rodean estos textos, los patrones simbólicos y los códigos que contienen siguen siendo profundamente interesantes. Especialmente cuando se exploran desde el nivel que en la tradición kabbalística se conoce como Sod, el nivel secreto o profundo del texto.
Desde esa mirada, la Torah deja de ser simplemente un libro religioso para convertirse en algo distinto; un sistema simbólico que describe procesos de la consciencia humana, arquetipos psicológicos y dinámicas profundas de transformación interior.
Tal vez ese sea uno de los motivos por los que este documento ha sobrevivido durante miles de años. Más allá de las religiones que lo han adoptado, de las interpretaciones que se le han impuesto y de las disputas que han surgido a su alrededor, sigue siendo un texto que contiene símbolos, patrones y preguntas que muchas generaciones han intentado descifrar.
Y es precisamente desde esa perspectiva —no como un dogma religioso, sino como un sistema simbólico de conocimiento— que vale la pena volver a acercarse a él.

Los libros que la constituyen son:
- Bereshit (בְּרֵאשִׁית), «En el comienzo»— Génesis
- Shemot (שְׁמוֹת), «Nombres»— Éxodo
- Vayikrá (וַיִּקְרָא), «Y llamó»— Levítico
- Bemidbar (בְּמִדְבַּר), «En el desierto»— Números
- Devarim (דְּבָרִים), «Palabras»/»Cosas»/»Leyes»— Deuteronomio
Cuando estudiamos la Torah es importante comprender que las palabras que aparecen en sus textos parecen referirse a situaciones y objetos de nuestro mundo cotidiano. Sin embargo, dentro de muchas tradiciones de interpretación —especialmente en el estudio místico— se considera que estas palabras funcionan más bien como símbolos que apuntan hacia procesos espirituales o estados de consciencia. El lenguaje utiliza referencias conocidas para nosotros, pero lo que realmente describe no son solamente eventos externos, sino dinámicas internas del ser humano y su relación con la vida.
«Desde esta perspectiva, las historias que aparecen en las escrituras pueden entenderse como representaciones simbólicas de actitudes humanas, procesos psicológicos y transformaciones espirituales que inevitablemente terminan teniendo repercusiones en el plano físico de nuestra existencia.»
Dentro de la tradición interpretativa de estos textos existe una forma de explicar las distintas capas de comprensión que puede tener la Torah. Este modelo se conoce como PaRDeS (פרדס). En hebreo antiguo las vocales no se escribían, por lo que la palabra se compone únicamente de consonantes. Curiosamente, la palabra pardes significa “paraíso”, algo que inevitablemente nos resulta familiar.
Más allá de su significado literal, PaRDeS funciona como un acrónimo que describe cuatro niveles de lectura o comprensión del texto. Cada una de las consonantes representa el inicio de una palabra que señala una capa distinta de interpretación.
Estos niveles son Pshát, Rémez, Drásh y Sod.
El primer nivel, Pshát, corresponde al sentido literal del texto. Es la forma más directa de leerlo, tal como las palabras aparecen escritas. Es lo que el texto dice directamente… no busca simbolismos ni interpretaciones profundas. Es la lectura tal como aparece en la superficie.
Si el texto dice “Moisés subió a la montaña”, el Pshát sería simplemente que Moisés subió físicamente a una montaña.
Así que podríamos traducirlo como: lo que está escrito, el sentido literal, el significado directo.
El segundo nivel es Rémez, que podría traducirse como “alusión”. En este nivel el texto comienza a sugerir significados más amplios a través de metáforas o símbolos. Es algo así como la pista o insinuación en donde se sugiere algo más, pero no se explica directamente. Así que encontramos símbolos, juegos de palabras, números, patrones o referencias ocultas que apuntan hacia otro significado.
El tercer nivel es Drash, que corresponde a una interpretación más analítica y estructural del texto. Aquí entran en juego herramientas tradicionales de estudio como el análisis de los códigos del hebreo antiguo o la guematría, el sistema de correspondencias numéricas asociado a la tradición cabalística. Este nivel busca descubrir patrones, relaciones y principios que se encuentran ocultos dentro de la estructura del propio texto.
Este nivel expande el texto para extraer una enseñanza moral, espiritual o filosófica. Aquí aparecen los midrashim que son las interpretaciones que conectan el texto con la vida humana.
El cuarto nivel es Sod, que significa “secreto”. Este nivel representa la dimensión mística o profunda del texto, donde las palabras funcionan como claves para comprender procesos espirituales, energéticos o de transformación interior. Es precisamente desde este nivel que se desarrolló gran parte de la tradición conocida como Kabbalah. Este es el nivel místico porque el texto revela estructuras espirituales ocultas y realidades de la conciencia, del alma o del cosmos.
Veamos esto con un ejemplo…
Para entender mejor cómo funcionan estos cuatro niveles, podemos observar un ejemplo sencillo con un pequeño fragmento de la Torah. Tomemos uno de los versículos más conocidos del Génesis:
“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.” (Génesis 1:3)
Este mismo versículo puede leerse de formas muy distintas dependiendo del nivel de comprensión desde el cual se observe.
En el nivel Pshát, que corresponde a la lectura literal, el versículo describe el momento en el que Dios crea la luz durante el proceso de creación del universo. Es una narración directa que forma parte del relato del Génesis sobre el origen del mundo.
En el nivel Rémez, el texto comienza a insinuar algo más. La luz puede entenderse como una metáfora del conocimiento, de la conciencia o de la claridad que surge cuando algo se revela. Desde esta perspectiva, la frase “sea la luz” puede interpretarse como el momento en el que la consciencia aparece dentro del caos o la confusión.
En el nivel Drash, la interpretación busca descubrir principios más profundos detrás de la estructura del texto. Algunas tradiciones de estudio han observado que la palabra hebrea para “luz” (Or) tiene correspondencias numéricas dentro de la guematría que la conectan con conceptos como sabiduría o revelación. Por lo tanto este nivel intenta encontrar patrones y leyes que se esconden detrás de las palabras.
Finalmente, en el nivel Sod, el versículo se interpreta como una descripción de un proceso espiritual interno. La “luz” no se refiere a una luz física, sino a un estado de conciencia. Desde esta mirada, el pasaje describe el momento en el que la conciencia despierta dentro del ser humano, cuando la claridad interior emerge y comienza a ordenar la experiencia.
Considero que estos cuatro niveles de entendimiento son clave no solo para el estudio de la Torah o textos sagrados sino para la vida misma, así que quiero asegurarme de dejarlo lo más claro posible…
- Pshat – simple, plano, directo
- Rémez – indicio, señal, pista
- Drash – investigar, interpretar, buscar significado
- Sod – secreto, misterio
Esas son las traducciones más cercanas al sentido real de las palabras en hebreo. Y lo interesante es que ninguno de estos niveles cancela necesariamente a los otros. Más bien funcionan como capas que permiten leer el mismo texto desde diferentes profundidades.
Un detalle interesante: darash en hebreo significa literalmente buscar, indagar, investigar profundamente.
De ahí viene midrash, que es una interpretación obtenida a partir de esa investigación, el método rabínico antiguo y un género de literatura judía que interpreta los textos para profundizar en su significado.
«Y algo más… el orden no es casual, Los sabios decían que Pshát → Rémez → Drash → Sod, es un proceso natural de comprensión de la realidad, no solo de textos.»
Primero ves lo evidente, luego percibes señales, después comprendes el significado, y finalmente ves el misterio detrás de todo.
Por eso el acrónimo PaRDeS (פרדס) significa “huerto o jardín cultivado”… porque la sabiduría se cultiva para poder obtener frutos. La sabiduría se parece a un jardín un lugar que requiere ser cultivado, que se cuida y con el tiempo da frutos. Esos frutos son los descubrimientos, comprensiones y revelaciones que vamos recogiendo a lo largo del camino de la vida, aquello que impacta, nos transforma y nos nutre el alma.
Eso si…
Dentro de ciertas escuelas y desde donde yo prefiero realizar mi estudio, se considera que para acercarse a profundidad a estos textos es importante tener en cuenta esta dimensión profunda desde el principio… Es decir, partir por el Sod, el secreto y la mística. La razón es bastante sencilla… la mente humana tiende naturalmente a buscar el camino más fácil para entender las cosas. Si una persona se acostumbra únicamente a la lectura literal del texto, es muy probable que su mente se acomode a ese nivel de comprensión y le resulte mucho más difícil percibir las capas simbólicas o profundas que también están presentes.
Esto no significa que sea imposible acceder a esos niveles más adelante. Sin embargo, en mi experiencia he observado que cuando la mente se acostumbra a una lectura completamente literal del texto, suele tener dificultades para salir de esa lógica de “blanco y negro”, como suelen llamarla algunos maestros de la tradición cabalística.
Tradicionalmente se ha dicho que Moisés dejó estos registros escritos durante los cuarenta años en que el pueblo hebreo atravesó el desierto. Más allá de cómo cada persona interprete históricamente esa narrativa, lo interesante es observar cómo el propio relato describe un proceso de transformación: un camino que va desde la esclavitud en Egipto, pasando por el tránsito del desierto, hasta la llegada a una tierra prometida.
«Leído simbólicamente, este recorrido puede entenderse como un mapa del propio proceso humano.»
Egipto representa la esclavitud —no sólo física, sino también mental y emocional—; el desierto simboliza el proceso de transición y aprendizaje; y la tierra prometida representa el estado de conciencia que surge cuando logramos integrar esas experiencias.
Desde esta mirada, las historias de la Torah dejan de ser únicamente relatos sobre un pueblo antiguo y comienzan a reflejar procesos que ocurren continuamente en nuestra propia vida. No se trata simplemente de acontecimientos que ocurrieron hace miles de años, sino de dinámicas que siguen manifestándose en nuestra experiencia cotidiana.
Cuando uno comienza a leer estos relatos desde esa perspectiva, ocurre algo interesante… los personajes dejan de parecer figuras lejanas y comienzan a sentirse profundamente humanos. Son hombres y mujeres enfrentando conflictos, luchando con su ego, atravesando pérdidas, experimentando amor, miedo, ambición, aprendizaje y transformación.
En ese sentido, la Torah puede leerse también como un espejo de la experiencia humana. Las historias hablan de nosotros mismos, de nuestras luchas internas y de los procesos que vivimos día a día. Por eso muchas personas que estudian la Torah de forma cíclica —siguiendo las porciones semanales tradicionales— experimentan algo que resulta sorprendente. Con frecuencia los temas que aparecen en el texto parecen reflejar de manera muy directa los procesos personales o colectivos que están ocurriendo en ese momento.
Es como si cada año rebobináramos una misma historia y volviéramos a recorrerla desde un lugar diferente de nuestra vida. A medida que avanzamos en el estudio, ciertos pasajes comienzan a revelar nuevas preguntas, nuevas perspectivas o incluso respuestas que antes no habíamos podido ver.
Tal vez ese sea uno de los aspectos más fascinantes de estos textos: más allá de su origen histórico o religioso, siguen funcionando como un mapa simbólico que nos invita a observarnos a nosotros mismos y a comprender mejor los procesos de transformación que atraviesa la vida humana.
¿Cómo se estudia La Torah?
El estudio se realiza de forma anual y la lecciones están divididas para ser estudiadas semanalmente, de preferencia lo ideal es empezar a estudiar desde el domingo o lunes, para tener toda la información en nuestro sistema y poderla aplicar y aprovechar durante la semana.
A continuación, comparto el orden de las porciones de estudio…
- Bereshit: Génesis 1:1 – 6:8
- Noaj: Génesis 6:9 – 11:32
- Lej Lejá: Génesis 12:1 – 17:27
- Vayerá: Génesis 18:1 – 22:24
- Jayéi Sará: Génesis 23:1 – 25:18
- Toledot: Génesis 25:19 – 28:9
- Vayetzé: Génesis 28:10 – 32:3
- Vayishlaj: Génesis 32:4 – 36:43
- Vayéshev: Génesis 37:1 – 40:23
- Miketz: Génesis 41:1 – 44:17
- Vayigash: Génesis 44:18 – 47:27
- Vayjí: Génesis 47:28 – 50:26
- Shemot: Éxodo 1:1 – 6:1
- Vaerá: Éxodo 6:2 – 9:35
- Bó: Éxodo 10:1 – 13:16
- Beshalaj: Éxodo 13:17 – 17:16
- Yitró: Éxodo 18:1 – 20:23
- Mishpatim: Éxodo 21:1 – 24:18
- Terumá: Éxodo 25:1 – 27:19
- Tetzavé: Éxodo 27:20 – 30:10
- Ki Tisá: Éxodo 30:11 – 34:35
- Vayakhel: Éxodo 35:1 – 38:20
- Pekudéi: Éxodo 38:21 – 40:38
- Vayikrá: Levítico 1:1 – 5:26
- Tzav: Levítico 6:1 – 8:36
- Sheminí: Levítico 9:1 – 11:47
- Tazría: Levítico 12:1 – 13:59
- Metzorá: Levítico 14:1 – 15:33
- Ajarei Mot: Levítico 16:1 – 18:30
- Kedoshim: Levítico 19:1 – 20:27
- Emor: Levítico 21:1 – 24:23
- Behar: Levítico 25:1 – 26:2
- Bejukotai: Levítico 26:3 – 27:34
- Bemidbar: Números 1:1 – 4:20
- Nasó: Números 4:21 – 7:89
- Behaalotjá: Números 8:1 – 12:16
- Shlaj Lejá: Números 13:1 – 15:41
- Kóraj: Números 16:1 – 18:32
- Jukat: Números 19:1 – 22:1
- Balak: Números 22:2 – 25:9
- Pinjás: Números 25:10 – 30:1
- Matot: Números 30:2 – 32:42
- Maséi: Números 33:1 – 36:13
- Devarim: Deuteronomio 1:1 – 3:22
- Vaetjanán: Deuteronomio 3:23 – 7:11
- Ekev: Deuteronomio 7:12 – 11:25
- Re’é: Deuteronomio 11:26 – 16:17
- Shoftim: Deuteronomio 16:18 – 21:9
- Ki Tetzé: Deuteronomio 21:10 – 25:19
- Ki Tavó: Deuteronomio 26:1 – 29:8
- Nitzavim: Deuteronomio 29:9 – 30:20
- Vayélej: Deuteronomio 31:1 – 31:30
- Haazinu: Deuteronomio 32:1 – 32:52
- Vezot Habrajá: Deuteronomio 33:1 – 34:12
Sé que estos temas pueden parecer un poco complejos al principio si estas iniciándote en este campo, pero la práctica y la constancia nos convierte en expertos así que les deseo mucha claridad para encontrar las herramientas y las respuestas que requieren para avanzar en su camino.
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Stefanie.