
Vengo de una familia donde se padeció la ausencia de los hombres, más nunca la de la energía masculina…
No tuve una crianza en la que compartiera la nutrición de mis dos líneas familiares. Mi papá salió del escenario de mi vida cuando tenía trece años, y desde entonces, la figura masculina quedó como una presencia ausente. La mayoría de los hombres de mi familia materna también se habían ido: vi a mi mamá divorciarse, a mis tías enviudar, y fui criada por una bisabuela que intentó formar un hogar dos veces, pero los hombres que llegaron a su vida no supieron quedarse. No tengo idea de hace cuántas generaciones este patrón se repite. Lo que sí sé es que crecí en un clan casi completamente femenino.
Pero eso no quiere decir que hubiera un matriarcado o que reinara el feminismo como ideología ni el poder femenino como una fuerza consciente. De hecho, y aunque suene contradictorio, creo que fue el machismo —ese sistema que históricamente ha desplazado, exigido y abandonado— el que obligó a las mujeres de mi familia a ponerse de pie con fuerza y asumir, casi por instinto, el rol del masculino. No porque quisieran, sino porque no había otra opción. Y en ese proceso, muchas veces dejaron de lado lo sutil y poderoso del femenino. Después de todo no fuimos educadas para habitar la dulzura, la pausa, la escucha del cuerpo o la sabiduría del ciclo. Fuimos formadas en la resistencia. En el hacer sin tregua. En el sostenerlo todo aunque doliera.
Me ha quedado claro al revisar mi propia historia y la de muchas mujeres cercanas a mí, ya sea por vínculos de amistad, familia o en las consultas de acompañamiento terapéutico que…
«No toda casa donde predominan mujeres es un matriarcado, y no toda mujer fuerte ha encarnado su fuerza desde lo femenino.»
Muchas de nosotras fuimos educadas para ser fuertes, sí, pero desde un modelo de fortaleza prestado. Una fuerza que se parece más a la dureza que a la solidez. Una fuerza que se impone, que resiste, que no se detiene a sentir. Una fuerza que nos salvó, pero también nos agotó.
Aprendimos a ser mujeres que pueden con todo, pero muchas veces a costa de sí mismas. A sostener hogares, hijos, trabajos, proyectos… con la espalda tensa, con la mandíbula apretada, con el corazón lleno de listas pendientes. Nos volvimos expertas en sobrevivir, pero no nos enseñaron a habitar la suavidad, el placer, ni la ternura como formas legítimas de poder.
Y es ahora, en este tiempo de despertar, que muchas estamos comenzando a preguntarnos: ¿Y si la verdadera fortaleza está en permitirnos sentir? ¿Y si la energía femenina no es debilidad, sino una fuente de vida que olvidamos cómo honrar?
En mi mundo, lo normal era que los hombres se marcharan, ya fuera por decisión propia en base a sus propias razones o porque la muerte los invitaba a partir. Esa ausencia física se volvió costumbre. Pero con el tiempo entendí que, aunque los hombres no estaban, la energía masculina era muy presente. No en su forma protectora, contenedora o amorosa, sino como estructura rígida, como exigencia constante, como mandato de fortaleza. Crecí bajo la presión de ser capaz, de hacerme cargo, de no depender de nadie. Aprendí que debía ser autosuficiente, eficiente, productiva. Y en el camino, como muchas mujeres, me fui masculinizando para poder con todo.
Y qué otra cosa iba a aprender, si vi a mi madre levantarse de la nada, luego del divorcio, con dos hijas pequeñas mientras se convertía en médico. La vi salir adelante y sacarnos adelante sin el apoyo de un padre ni de un esposo. Fue una madre que, como el Fénix, se levantó de sus propias cenizas y le apostó todo al sacrificio, al trabajo duro y a la exigencia implacable de no menos que la perfección. No trabajaba y estudiaba solo para sobrevivir el día, sino para ofrecernos la mejor vida que pudiera diseñar. Mi madre no se permitió fallar, no por orgullo, sino porque no podía darse ese lujo… porque no habían recursos económicos que sobraran si la cosa no funcionaba a la primera. Nos enseñó a brillar con lo que había, a estudiar hasta quemarnos las pestañas, a sacar el máximo de nuestros talentos porque no había espacio para el error. Así fue mi escuela: la imagen de la mujer que se convierte en la “Mujer Maravilla”, la que todo lo puede, la multitasking por excelencia, la que se carga el mundo en la espalda… aunque esa espalda tiemble.
Y aunque hoy reconozco lo duro, lo forzado y lo solitario que muchas veces formó parte de mis raíces, también siento una profunda gratitud. Porque gracias a esas mujeres —a su coraje, a su resiliencia, a su decisión de seguir de pie incluso cuando todo dolía— yo estoy aquí. Respaldada por su fuerza, habitada por su legado. Siento en mí la presencia de las que ya no están y la compañía de las que aún caminan a mi lado. Y desde ese reconocimiento amoroso, desde esa honra sincera a lo que fue, puedo hoy elegir distinto. Puedo elegir en libertad.
Pero mi historia tiene algunas diferencias… confieso que no siempre fui una guerrera. Al inicio de mi camino era la damisela en peligro que necesitaba ser rescatada…

Me enamoré muy joven y me casé pronto, quizás porque en el fondo añoraba un hogar integrado y sentirme protegida. Soñaba con la boda de ensueño, con los niños corriendo por la casa, con una cocina llena de aromas y una mesa donde compartiéramos las comidas en familia. Soñaba con llenar vacíos de infancia, con tener ese refugio que nunca había conocido del todo. Un hombre a mi lado con quien sentirme segura… ¡Y lo logré!, construí esa vida que tanto deseaba. Pero lo que no sabía era lo difícil que sería sostenerla… porque, simplemente, no sabía cómo hacerlo.
Era pionera en mi propio linaje. No tenía referentes cercanos de una familia que funcionara desde la suavidad, la dulzura, el equilibrio y la presencia. Así que fui aprendiendo sobre la marcha, haciendo lo mejor que podía con lo que tenía. Me convertí en una esposa y madre amorosa, profundamente presente… pero también en una mujer super exigente, mandona y estricta. Quería que todo saliera bien. Quería hacerlo “mejor” que como lo habían hecho conmigo. Pero sin darme cuenta, empecé a llevar el hogar y el trabajo con la misma energía con la que había aprendido a sobrevivir: la del control, la exigencia, la autoexigencia.
Y así pasé muchos tiempo… sosteniendo. Sosteniendo el amor, los hijos, la casa, la comida, el calendario, los horarios, las tareas, los sueños. Sosteniendo con fuerza lo que había soñado con ternura.
«Así que como era de esperarse, me convertí en una mujer inteligente, fuerte, responsable, comprometida… pero también en una mujer cansada.»
Y quizás sabía que estaba cansada pocos años después de graduarme y comenzar a ejercer mi carrera. No solo estaba cansada de tener que trabajar como me habían dicho que tenía que hacerlo, sino de sentir que tenía que luchar para que funcionara. Porque si algo tuve claro desde el inicio, es que no podía tener un jefe. Nunca encajé con la figura de autoridad. Siempre me costó obedecer estructuras rígidas, seguir órdenes sin sentido, acatar normas que sentía ajenas. Así que, como una forma de libertad —o de rebeldía— elegí convertirme en mi propia jefa.
Pero incluso ese camino, que parecía tan mío, se fue tiñendo de las mismas exigencias. Me construí una estructura independiente, sí, pero dentro de ella seguía reproduciendo el mismo patrón: trabajar duro, hacer todo sola, demostrar que podía. Sin darme cuenta, lo que había creado para liberarme se convirtió en una prisión con barrotes invisibles hechos de metas, listas de tareas y la eterna sensación de que aún no es suficiente.

Y claro, emprender sonaba a libertad, pero también era una carrera de resistencia. Era ser la mente, las manos, el corazón, el cuerpo… todo al mismo tiempo. Y además no cabía en mis planes el dejar de lado mi hogar. Así que me volví especialista en sostener. En no rendirme. En mantenerme activa, ocupada, eficiente. Si algo no salía como esperaba, lo intentaba de nuevo. Cambiaba la estrategia. Volvía a empezar… todo con tal de no depender de nadie, de demostrar que podía sola.
Quiero hacer un parétnesis aquí, porque recordé algo…
Hace poco vi un video en redes de una mujer en un podio, recibiendo un premio importante por su trabajo. Y mientras agradecía, decía algo así como: “Estoy aquí, recibiendo este reconocimiento… pero eso también significa que hoy estoy fallando en casa. Y está bien. Porque no podemos con todo. Porque también merecemos fallar.”
Lo decía desde un lugar motivacional, como quien intenta liberar a otras mujeres de la culpa. Y aunque entiendo su intención y sé que muchas resonarán con ese mensaje, a mí me dejó un nudo en el pecho. Porque en el fondo, sentí que seguía hablando desde una lógica profundamente masculina: la de escalar, sobresalir, llegar a la cima… aunque eso implique sacrificar otros espacios que también importan. La de compensar la ausencia emocional con logros profesionales.
Y no es que no podamos realizarnos en el trabajo, en la carrera, en nuestros proyectos. Claro que sí. Lo deseo, lo valoro, y lo vivo. Pero me inquieta que todavía, incluso en los discursos motivacionales, estemos buscando validación desde ese mismo lugar que por años nos pidió “ser como los hombres”. Rendir. Ganar. Competir. Sostenerlo todo. Y ahora también “fallar con orgullo” si eso nos hace visibles.
Y yo me pregunto: ¿realmente eso es libertad? ¿O seguimos atrapadas en una narrativa que no partió de nosotras, pero que aprendimos a vestir con fuerza?
Así que volviendo a mi historia… Lo que no veía en ese momento es que, aunque me había liberado de tener un jefe externo, había creado uno interno mucho más exigente. Una parte de mí que no descansaba, que nunca se sentía satisfecha, que siempre estaba buscando qué más hacer. A esa voz no le bastaban los logros, ni el reconocimiento, ni los avances. Porque esa voz no venía del presente…
«Venía de generaciones de mujeres que no tuvieron opción más que hacerse fuertes.»
Y así pasaron los años. Mi proyecto de vida crecía, pero no desde el lugar donde lo había planeado. Porque aunque me formé como diseñadora gráfica y ejercí con compromiso, algo dentro de mí comenzó a vaciarse. Había creatividad, pero no sentido. Había oficio, pero no alma. Y llegó un momento en el que ya no pude sostenerlo porque sentí que ese camino profesional, aunque valioso, no era el mío. Esa crisis profunda fue lo que me empujó a preguntarme qué estaba haciendo con mi vida y para qué estaba aquí realmente…
Fue así como, en medio de ese quiebre interno, nació Regreso al Origen.
No fue un proyecto pensado desde la estrategia, sino desde la necesidad del alma. Desde mi propia búsqueda. Desde las preguntas que me dolían, desde el anhelo de recordar quién era antes de todos los deberes, títulos y etiquetas. Y en ese nuevo camino empecé a crecer de una forma muy distinta: no hacia afuera, sino hacia adentro. Me formé en lo espiritual y terapéutico, me sumergí en lo simbólico, aprendí a leer los mapas del alma. He acompañado a otros a sanar, a verse y a despertar.

Me siento profundamente agradecida porque he logrado mucho. He tocado vidas, acompañado procesos, creado una comunidad… pero aún así, me ha costado disfrutarlo. Me ha costado detenerme a mirar lo construido y decir con el corazón tranquilo: “Esto es suficiente. Yo soy suficiente.” Porque, aunque mi rumbo cambió en su momento, la raíz interna del esfuerzo continuó viva. Y debo confesar que la mujer que sostenía a todos aún no sabía cómo sostenerse a sí misma con dulzura.
Durante años trabajé desde la obligación, desde la autoexigencia, desde esa fuerza que te empuja a sostenerlo todo. No había espacio para el disfrute, para el placer de crear, para el gozo de simplemente ser. En ese modelo, la creatividad solo era válida si producía resultados tangibles. Y el placer se volvía una recompensa —algo que podía darme solo después de cumplir con todo.
Esto ha sido así por muchos años de mi vida… hasta ahora.
Como muchos de ustedes saben, he estado atravesando un par de años de profundos movimientos internos que inevitablemente han traído consigo grandes cambios externos. Ha sido un camino fascinante, sí, lleno de expansión y crecimiento, pero sobre todo ha sido un viaje hacia el autoconocimiento. Y mientras más me observo, más me escucho, más comprendo mis ciclos, mis necesidades, mis miedos… más siento la urgencia de reorganizar todo: mi hogar, mi forma de maternar, mi dinámica familiar, y especialmente mi relación conmigo misma y el trabajo.
Sí, el trabajo… esa palabra que muchos de nosotros aprendimos a odiar o aceptar con resignación porque la asociamos con peso, cansancio, responsabilidad, sacrificio y también con necesidad. Pero…
¿Y si pudiera significar otra cosa? ¿Y si pudiera ser una extensión de lo que somos, no una imposición que nos consume?
Hace unos meses que mi cuerpo me viene hablando. Un dolor en la espalda baja se convirtió en un llamado de atención que no supe atender a tiempo… lo ignoré en un intento de seguir y no parar. Sí, aveces también me da por evadir jajaja.
Al principio pensé que era cansancio o tensión, pero pronto entendí que era mucho más porque no cedía con nada. Así que hace una semana paré todo para enfrentar esto re raíz… y no se trata sólo de ir al médico sino de escuchar lo que mi cuerpo tiene para decir, porque aunque no lo entendiera en el momento, si tenía claro que ese dolor era un mensaje que necesitaba ser atendido.
Comienzo por hacer el espacio y procurar silencio… permitirme sentir y disculparme conmigo misma y mis espalda por no haber prestado atención hasta que el dolor se había hecho casi insportable. Luego a aplicar lo que conozco, mapear y colocar las piezas sobre la mesa.


El área lumbar se encuentra en la parte baja de la espalda, entre la cintura y el sacro. Es una zona central de soporte y equilibrio estructural, por lo tanto:
- Simboliza la base del sostén vital es decir que a nivel psicoemocional, representa nuestra sensación de seguridad material, apoyo en la vida, estabilidad emocional y pertenencia.
- Es el “puente” entre el poder de acción (plexo solar) y la raíz (chakra base). Es como un eje que sostiene lo que hacemos (voluntad) y desde dónde lo hacemos (raíz, supervivencia, tierra, tribu).
Muchas corrientes coinciden en que los dolores lumbares simbolizan:
- “Carga emocional o financiera excesiva”
→ Sentirte responsable de todo. “Cargar con la familia”, “sostener sin apoyo”. Puede incluir temas de dinero, estabilidad o incluso cuidado de otros. - Miedo al futuro o falta de apoyo.
→ La espalda representa el soporte. Si algo en ti siente que “no hay quien te cubra”, este dolor puede surgir como eco físico de ese miedo. - Heridas con la figura paterna o la energía masculina.
→ Si el sostén masculino en tu vida fue ausente, deficiente, o demasiado exigente, es posible que cargues inconscientemente ese peso.
«Chakra sacro = Placer / Dolor lumbar = bloqueo en chakra sacro»
El sacro no solo es el centro de la creatividad y la sensualidad, sino también el lugar donde guardamos la memoria del disfrute, el gozo, la fluidez emocional… y la culpa asociada al placer.
Pero mi cuerpo y la mente aún tienen códigos antiguos: “hay que ganarse el placer”, “primero se trabaja, luego se descansa”, “disfrutar es ser irresponsable”.
Y tiene sentido. Nadie me enseñó a crear desde el placer. Nadie me mostró que podía hacer las cosas con disfrute y libertad, no solo desde la obligación. En ese instante lo entendí: esta no es solo mi historia. Es la historia de muchas mujeres. Mujeres que han vivido desde el deber, desconectadas de su energía femenina, cumpliendo con todo… pero olvidándose de sí mismas.
Es un despertar. Y sí, duele. Porque soltar las estructuras rígidas que nos han sostenido toda la vida también implica despedirse de lo conocido. Pero más allá del dolor, hay una puerta. Una liberación.
Es tiempo de recordar que el placer no es un lujo ni una distracción: es una brújula.
Es tiempo de reconectar con la energía creativa que nace del gozo, no de la presión. De permitirnos ser mujeres que crean desde el alma, no desde la autoexigencia. Y de honrar nuestras historias con compasión, mientras tejemos nuevas formas de vivir, de trabajar y de habitar el cuerpo.
Yo he trabajado duro durante años. Como muchas mujeres que conozco, me enseñaron a sostener, a cumplir, a demostrar mi valor siendo productiva. Sin darme cuenta, adopté un modelo de trabajo masculinizado, donde la creatividad solo era válida si traía resultados medibles.
Hoy estoy aprendiendo a habitar el modo creativo femenino: Crear desde la suavidad, la inspiración, el gozo…Crear desde el cuerpo y no desde el control.
«Y claro que da miedo. Porque nunca se me enseñó que el placer también es una fuerza creadora y productiva.»
Mi cuerpo está reeducándose. Por eso duele. Por eso me habla.
Pero esta semana, algo cambió. Dejé de perseguir la productividad para honrar mi creatividad.
Tuve días con pocas horas laborales pero con una energía que fluía como un río salvaje. Y el dolor de espalda… se alivió.
Estos días me permití regresar a la tierra y al cuerpo… me recosté sobre la grama verde, con los pies descalzos, mirando las nubes, conversando con calma. Me dejé sostener. Y la Madre me alivió.
Esta mañana desperté distinta. El dolor cedió.
No tomé más que mi propio consejo: darme calor, darme espacio… Escuchar… Acompañarme.
Y eso fue suficiente.
Hoy comparto este post porque sé que no soy la única.
A mi alrededor hay muchas mujeres viviendo lo mismo —y no me refiero solo al dolor de espalda, aunque sí, también jajaja— Sino al peso invisible de no saber cómo dejar de ser productivas sin sentir que estamos fallando. Es como si estuviéramos atrapadas en un sistema interno que nos mide por lo que hacemos, no por lo que somos. Y cuando ya no podemos más, cuando el cuerpo nos detiene o la vida nos pide pausa, entonces aparece el siguiente discurso: el de resignarse al fallo. Ese que nos dice que está bien equivocarnos, que también merecemos fallar… pero que en el fondo sigue validando la misma estructura de exigencia, solo que ahora con una pequeña válvula de escape emocional.
Y no es que no valoremos los logros o que no queramos brillar, es que a veces lo que más anhelamos es poder soltar —aunque sea un rato— sin sentir que se nos va la vida en ello. Ese quizás es el yugo de no saber cómo rendirse al placer de crear desde una configuración más natural, más cíclica, más femenina… sin culpa.
Porque no se trata solo de hacer menos. Se trata de hacerlo diferente.
Desde el cuerpo, desde el alma, desde el gozo de una configuración más natural y femenina.
Espero que esto te sea útil… Sigamos recordando.
Con Amor, Stefanie.