
No les voy a mentir.
No soy la mejor amiga de las temporadas más calurosas del año. Aunque amo el verdor de la naturaleza y los días soleados, tengo una relación bastante difícil con el calor y todavía no he terminado de hacer las paces con él. Tengo bastante claro que el origen de esta relación se remonta a mi infancia y que, hasta el día de hoy, sigue expresándose como una profunda incomodidad en mi cuerpo durante la primavera y el verano. Así que no, todavía no he aprendido a disfrutar estas temporadas al máximo.
Sin embargo, desde que aprendí a hacerme consciente de la estación que habitamos, también he aprendido a apreciar muchísimo la energía disponible en cada una de ellas. Esto me ha permitido estar mucho más abierta y dispuesta a recibir las lecciones que la vida ofrece a lo largo de sus ciclos… esos doce largos meses divididos por temporadas de luz y sombra, en los que cada semana puede convertirse en la puerta hacia una nueva aventura, algo que descubrir sobre mí misma, sobre la vida, sobre la realidad y, especialmente, sobre la manera en que habito mi existencia cada día.
Siempre he pensado que una estación no termina solamente porque el calendario marque el comienzo de otra. El cambio ocurre, por supuesto. La naturaleza sigue su ritmo con una precisión extraordinaria y nosotros, aunque no siempre seamos conscientes de ello, también formamos parte de ese movimiento.
Pero que el ciclo avance no significa necesariamente que nuestro mundo interno avance con él.
Podemos llegar al otoño cargando todavía aquello que ocurrió durante el verano, así como podemos atravesar un invierno entero resistiéndonos al recogimiento que sucede afuera o incluso podríamos pasar años viviendo en un invierno perpetuo. Los ciclos naturales nos mueven de todas formas, pero creo que algo distinto ocurre cuando decidimos reconocer ese movimiento y participar voluntariamente en él.
«Quizá ahí está, para mí, el verdadero sentido de vivir conscientemente las estaciones. No se trata de pretender sincronizarnos de manera perfecta con la naturaleza, sino de prestar atención a lo que está cambiando, permitir que algo también se mueva dentro de nosotros y colaborar con ese ritmo en lugar de resistirnos a él.»
Por eso siento que, antes de cruzar cada uno de esos cuatro grandes umbrales del año, vale la pena detenerme un momento y mirar qué ocurrió en mi durante la estación que estoy dejando atrás. Quizá por eso me gusta tanto detenerme y mirar hacia atrás para reconocer quién fui mientras atravesaba estos meses y qué cosas ocurrieron dentro de mí mientras, afuera, la naturaleza hacía exactamente lo suyo. ¿Fui consciente? ¿Me resistí? ¿Pude verlo con claridad? ¿Supe aprovecharlo? ¿Qué cosas terminaron y qué cosas nacieron en mí?…
Cuando no solo observamos, sino que miramos con genuina atención, podemos descubrir cuánto hay disponible para nosotros cuando nos entregamos a la vida en lugar de intentar controlarla o convencernos de que realmente tenemos algún control sobre ella.
Y bueno… este verano fue particularmente intenso, o está siéndolo, porque todavía le quedan algunas días. Hubo momentos en los que deseé desesperadamente que terminara. El calor llegó a sentirse insoportable y tuve que aprender a vivir rodeada de ventiladores. Algunas noches incluso desarrollé una relación de amor y odio con el aparato que me ayudaba a dormir haciendo circular un poco de aire, mientras su ruido constante terminaba por convertirse en otra incomodidad.
Pero mi pequeña batalla doméstica con el calor es apenas una parte de lo que ha hecho que este verano se sienta tan intenso. La falta de lluvia y la sequía hacen imposible ignorar una realidad mucho más preocupante, cuyas consecuencias alcanzan la tierra, los cultivos, la economía y la vida cotidiana de muchas personas. Y aunque la estación esté llegando a su fin, sus efectos no desaparecen simplemente con un cambio en el calendario.
Aun así, en medio de un verano que por momentos he deseado que termine cuanto antes, también ha habido instantes que quisiera poder guardar para siempre. Y claro que lo haré. No necesariamente capturándolos con la cámara de mi celular, sino haciendo una especie de captura visual y sensorial de cada uno de ellos y, algunas veces, escribiendo para no olvidarlos…
Ahora, desde la recta final del verano, entiendo también que no necesito convertir todo lo vivido en una enseñanza perfecta. Algunas cosas todavía las estoy comprendiendo y otras probablemente me tomarán mucho tiempo, pero creo que de eso se trata.
Sea como sea, hay algo hermoso en reconocer que no soy exactamente la misma mujer que entró en esta estación hace unos meses. Eso me parece maravilloso y, de alguna manera, también me deja satisfecha porque significa que crecí. Que, aunque hubo momentos incómodos y difíciles, pude mantenerme en movimiento. Y donde hay movimiento, hay cambio; y donde hay cambio, todavía hay vida.
Después de todo, de eso se trata también vivir conscientemente los ciclos. No se trata solamente de observar cómo cambia el mundo a nuestro alrededor, sino de permitirnos cambiar y prestar atención a lo que se transformó en nosotros mientras tanto.
Así que, antes de abrirle la puerta al otoño, quise dejar registro de algunas de las cosas que este verano dejó en mí. Es una práctica que suelo hacer en mi diario de papel, pero este año me propuse retomar la escritura en este blog.
Así que aquí estoy…
Este fue un verano intenso. Me puso frente a mis límites, me exigió honestidad y me mostró todo aquello que ya no quiero seguir sosteniendo.
Durante estos meses de intenso calor comprendí que la paz no puede seguir siendo un premio que recibes cuando finalmente resolviste todo. Porque, si esperas a que la vida deje de estar desordenada para comenzar a vivirla, puedes pasarte la vida esperando.
Darme cuenta de que llevaba un largo período sin verdadera capacidad de sentir paz fue un golpe de realidad tremendo. Sin advertirlo, había pasado los últimos nueve años intentando resolver algo que no estaba enteramente en mis manos y que, en buena medida, respondía al curso natural de un ciclo. Uno que ahora está muy cerca de cerrarse.
Soltar la idea de «tengo que arreglarlo» ha provocado una enorme diferencia en cómo me siento, en mi manera de pensar y en la forma en que hago las cosas cada día. ¡Y claro!, esto es algo que mi atención y mi creatividad, sin duda, agradecen.
Hay cosas que no necesitan ser salvadas. Solo necesitan terminar.
Aprendí que hay cosas que no necesitan otra oportunidad, más esfuerzo ni una nueva estrategia. Algunas simplemente necesitan que aceptemos que terminaron.
Ese fue el caso de mi antigua cuenta de Instagram dedicada a Regreso al Origen, pero también de algunos programas y formas de compartir que ya me quedaban apretados o, sencillamente, habían dejado de hacerme feliz. Ya he hablado de esto antes… pero es parte de mis aprendizajes de este verano, durante la segunda temporada de eclipses, en agosto, cuando comenzaron a darse los cierres necesarios. Pero la comprensión llegó con una claridad inesperada durante un concierto de la Sinfónica interpretando el Réquiem de Verdi.
A los pocos días comencé a sentirme más ligera, como si una vieja cadena finalmente se hubiera soltado de mis pies.
Otra de las lecciones más poderosas del verano fue descubrir que darme permiso puede ser mucho más difícil que conseguir el permiso de los demás.
Aprendí que muchas de las cosas que llevaba tanto tiempo esperando recibir de la vida, en realidad necesitaba empezar a permitírmelas yo.
Esto es algo que todavía estoy procesando porque, sinceramente, me dejó un poco en shock. Después de soltar muchas de las cosas relacionadas con aquella vieja versión de mí, comenzaron a pasar cosas y, sobre todo, yo comencé a sentirme muy distinta.
Puede que sea un cúmulo de asuntos… mi Sol en Capri, Lilith transitando por mi signo solar, mi retorno nodal inverso o el retorno de Quirón, jajaja. Pero, más allá de cómo puedan afectarme los astros, siempre he intentado utilizar la astrología para comprender esas influencias y, con suerte algún día, liberarme de ellas.
Y entonces comencé a reconocer toda esa lista de asuntos que mi personalidad capricorniana suele infligir en mi contra: las exigencias, el convertirme en una jefa tirana y explotadora de mí misma, las responsabilidades autoimpuestas y esa idea absurda de tener que dar siempre más que el máximo para garantizar el éxito. Un éxito que, por supuesto, además tendría que depender única y exclusivamente de mí, sin derecho a pedir ayuda.
Mientras tanto, mi niña interior y la creativa de mi mundo interno se la pasan en una eterna sala de espera porque nunca hay suficiente espacio para ellas en mi agenda. No hasta que todo lo que «debe hacerse» haya sido cumplido eficientemente. Y así fui acumulando una larga lista de sueños esperando ser realizados e ideas petrificadas, destinadas a convertirse en el recuerdo lejano de algo que no pudo ser porque la jefa no aprobó el presupuesto de tiempo, atención, energía o inversión monetaria.
Hasta que una tarde, sentada en una especie de reunión conmigo misma, me rendí ante la evidencia de que no importaba cuánto intentara convencer a esa otra parte de mí para que confiara en que todo aquello podía ser posible.
Así que mi creativa y la niña llamaron a la revolucionaria en mi y se unieron… formaron un frente y organizaron un paro que obligó a la lógica y a la jefa a sentarse a negociar.
El resultado: un presupuesto mucho más amplio y equilibrado para comenzar las primeras obras de aquella larguísima lista de sueños en espera.
Y no puedo decir otra cosa… ¡ha sido maravilloso!. La sala de espera finalmente está cerrada.
Hacia el final del verano llegó también el momento de explorar algo mucho más profundo y que, para mí, suele ser un tema sensible.
No puedo ser indiferente ante la realidad de nuestro mundo. Ni siquiera puedo fingir que no me afectan la guerra, la violencia, los cambios extraños que estamos presenciando, ciertos comportamientos de nuestra sociedad, la ceguera o la indiferencia.
Creo profundamente que quienes habitamos este mundo participamos activamente en la construcción de la realidad. Una realidad que, desde luego, está atravesada por fuerzas, sistemas y circunstancias muchísimo más grandes que cualquiera de nosotros. Ante eso, quedarme cruzada de brazos me duele. Pero pretender que voy a cambiar el mundo yo sola tampoco tiene sentido.
No es que hasta ahora haya comprendido que mis acciones importan. He intentado vivir de acuerdo con esa convicción desde hace mucho tiempo, procurando que aquello que hago, elijo y comparto sea coherente con el mundo en el que quisiera vivir. Lo que este verano me ha obligado a mirar de otra manera es la enorme distancia que existe entre hacerme responsable de mi participación en el mundo y sentirme responsable por todo lo que ocurre en él.
Quizá allí estoy encontrando un poco de la calma que necesitaba. En aceptar que hay realidades demasiado grandes para mis manos y que reconocerlo no vuelve insignificante aquello que sí está a mi alcance. No puedo detener una guerra, corregir un sistema entero ni despertar la consciencia de otras personas. Pero puedo decidir cómo participo yo en este pequeño fragmento de realidad que me corresponde habitar.
Hacer algo diferente, aunque sea pequeño, ya modifica el mundo en el que participo.
Quizá no pueda cambiar yo sola el mundo en el que vivo, pero sí puedo dejar de colaborar, aunque sea en pequeñas cosas, con aquello que no quiero seguir perpetuando.
No es una idea nueva para mí. No puedo decir que haya sido este verano cuando la comprendí por primera vez. Lo diferente fue comenzar a preguntarme seriamente cómo se ve esa convicción cuando baja de las ideas y entra en la vida cotidiana. Porque también participo en el mundo a través de aquello a lo que entrego mi atención, de lo que compro, de lo que comparto, de la manera en que trabajo, de los proyectos que decido sostener y de las formas en que me relaciono con otras personas. Incluso mis decisiones más pequeñas dicen algo acerca del mundo en el que quiero participar.
Y quizá allí está la parte que necesitaba afianzar… no necesito hacer algo gigantesco para dejar de sentirme completamente impotente frente a lo que ocurre. Puedo comenzar por revisar mi propio pedacito de realidad. Puedo dejar de alimentar algunas dinámicas. Puedo crear otras. Puedo elegir con mayor consciencia qué sostengo con mi tiempo, mi dinero, mi atención, mi trabajo y mi creatividad.
Eso no cambia el mundo entero. Pero cambia el mundo en el que yo participo.
Y por ahora, eso ya significa algo.
«En definitiva, este verano me quitó el sueño, me incomodó muchísimo, me agotó de una manera que no esperaba y terminó de secar muchas cosas que probablemente llevaban demasiado tiempo muertas.»
Con Amor, Stefanie.-