Equinoccio de otoño y la entrada del Sol en Libra…

Hace unos días, mientras cocinaba con Nico, mi hijo mayor, me sorprendió con algo que dijo.

—Mi vida cambió el día que me di cuenta de que muchos momentos son efímeros.

Mi primera reacción fue reírme y decirle que ni siquiera sabía qué significaba esa palabra. Él respondió inmediatamente con todo un repertorio de sinónimos para demostrarme que, en efecto, sabía perfectamente lo que significaba y luego cerró diciendo:

—Que no se te olvide que tengo un vocabulario muy amplio.

Me quedé muda.

Esto me hizo preguntarme cómo, a sus cortos 18 años, podía hacer una declaración así, mientras yo, a mis 45, apenas comenzaba a darme cuenta de cuántos de esos momentos efímeros de los que él hablaba había dejado pasar sin siquiera prestar atención. No porque no estuviera allí, sino porque muchas veces estaba demasiado ocupada intentando que todo estuviera bien, produciendo, resolviendo, anticipándome a lo siguiente y exigiéndome hacer las cosas de cierta manera.

Pienso, por ejemplo, en mi horrible costumbre de querer mantener la casa inmaculada, como una casa modelo en la que nadie habita, en lugar de aceptar que los vasos sobre la mesa, los zapatos tirados o una cocina desordenada también son evidencia de que aquí está ocurriendo una vida. Pienso en todas las veces que convertí algo que me hacía ilusión en una lista de cosas por hacer, en las fotografías que tomé intentando conservar un momento que apenas había tenido tiempo de mirar, en las conversaciones que escuché a medias porque mi cabeza ya estaba resolviendo lo siguiente o en esos días que esperé que terminaran porque estaba cansada, sin reparar en que también eran días de una etapa de mi vida que no iba a repetirse.

Y entonces entendí un poco mejor lo que Nico estaba tratando de decirme.

 

«Hay cosas cuya belleza no está a pesar de que sean efímeras. Está, en parte, en que lo son.»

 

Es justamente en esto en lo que quiero centrar este artículo, dedicado a uno de esos momentos del año que dura muy poco y que, aun así, ha llamado nuestra atención desde hace miles de años.

Hay momentos que pueden pasar casi inadvertidos entre el corre corre del día a día y las exigencias de la vida moderna. Vivimos rodeados de aplicaciones que nos recuerdan lo que tenemos que hacer, notificaciones que reclaman nuestra atención y una cantidad casi infinita de información que nos permite saber qué está ocurriendo sin necesidad de detenernos a observarlo. Podemos saber a qué hora sale el Sol sin mirar por la ventana, conocer la fase de la Luna sin haber levantado la vista al cielo y recibir una notificación que nos anuncie el cambio de estación sin haber percibido cómo fueron cambiando los días.

Tenemos acceso a muchísima información sobre los ciclos que nos rodean, pero saber que algo está ocurriendo no es lo mismo que darnos cuenta de que está ocurriendo. Mientras nosotros seguimos con nuestra vida, la Tierra continúa haciendo algo que ha hecho desde mucho antes de que existieran nuestros calendarios, relojes y aplicaciones… sigue su recorrido alrededor del Sol.

Ese movimiento modifica poco a poco la cantidad de luz que recibimos a lo largo del año. Los días crecen, alcanzan su máxima duración y vuelven a acortarse, mientras las noches hacen el recorrido contrario. Dos veces al año ocurre algo particular y, por un breve momento, el día y la noche alcanzan prácticamente la misma duración. A ese momento lo llamamos equinoccio.

Tenemos un equinoccio en marzo y otro en septiembre, pero, aunque ambos llegan a ese punto de equilibrio entre luz y oscuridad, ocupan lugares distintos dentro del ciclo. En el hemisferio norte llegamos al equinoccio de marzo después del invierno, cuando los días llevan semanas creciendo y continuarán haciéndolo hasta alcanzar el solsticio de verano. En septiembre sucede lo contrario. Venimos de la época más luminosa del año y, desde el solsticio de verano, los días han comenzado lentamente a acortarse. Al llegar al equinoccio alcanzamos ese breve punto en el que el día y la noche vuelven a encontrarse casi en la misma medida y, después, el movimiento continúa hacia el invierno.

Por eso este equinoccio marca para nosotros el comienzo astronómico del otoño. Y no se trata de que el paisaje cambie de golpe ese día ni de que necesariamente sintamos una diferencia inmediata en el clima. Lo que cambia es el lugar que ocupamos dentro del recorrido anual de la luz.

Porque el equinoccio no es solamente algo que ocurre en una fecha determinada. Es un punto de referencia que nos permite ubicarnos dentro de un ciclo que está sucediendo todo el tiempo. Durante meses hemos avanzado hacia él y, una vez que lo cruzamos, continuamos hacia otro punto del recorrido. Igual que ocurre cuando viajamos por un camino conocido y ciertos lugares nos permiten reconocer cuánto hemos avanzado, el equinoccio hace visible nuestra posición dentro del año.

Esto me parece especialmente valioso porque la mayor parte de ese movimiento ocurre sin que podamos distinguirlo con claridad. De un día al siguiente casi nada parece haber cambiado y, sin embargo, cuando llegamos a uno de estos puntos podemos reconocer que no estamos en el mismo lugar del ciclo en el que estábamos hace tres meses, ni estaremos aquí dentro de otros tres.

El equinoccio nos ubica. No detiene el movimiento para que podamos observarlo, sino que nos ofrece una coordenada dentro de él. Durante un instante podemos reconocer con claridad dónde estamos dentro de algo que no deja de cambiar.

Pero hay algo más que hace especialmente particular a esta coordenada. No la reconocemos porque la Tierra haga una pausa ni porque el ciclo se detenga, sino porque, en medio de ese movimiento, ocurre algo muy preciso… la luz y la oscuridad alcanzan prácticamente la misma medida.

Y ese equilibrio dura muy poco. No es un estado al que la naturaleza llega para permanecer, sino un momento que existe como parte del propio recorrido. La luz venía disminuyendo, alcanza este punto de igualdad con la oscuridad y continúa su camino.

Quizá allí esté una de las cosas que más me interesan del equinoccio…

 

«El hecho de que el equilibrio aparece en medio del cambio, no cuando el cambio se detiene.»

 

Durante un instante, luz y oscuridad están presentes prácticamente en la misma medida. Ninguna necesita desaparecer para que exista equilibrio ni tiene que vencer a la otra. Ambas están ahí y, mientras lo están, el ciclo continúa.

Y es justamente en este punto donde el lenguaje de la astrología se encuentra con lo que estamos observando en la naturaleza.

El equinoccio de septiembre coincide con la entrada del Sol en Libra, el signo representado por una balanza. No deja de resultarme fascinante que sea precisamente aquí, cuando el día y la noche alcanzan prácticamente la misma duración, donde comience el recorrido del Sol por un signo asociado al equilibrio, la proporción y la relación entre fuerzas distintas.

Pero después de observar lo que realmente sucede durante un equinoccio, la imagen de la balanza adquiere para mí un significado un poco diferente. Porque tendemos a imaginar el equilibrio como algo que finalmente conseguimos cuando todo está en orden, cuando las fuerzas se compensan y podemos permanecer allí. La naturaleza nos muestra otra cosa.

La balanza alcanza el equilibrio mientras todo continúa moviéndose.

La luz no deja de disminuir para encontrarse con la oscuridad. La oscuridad tampoco necesita retroceder. Ambas coinciden durante un instante porque cada una está siguiendo su propio recorrido. Y quizá por eso Libra no tenga que hablarnos únicamente de encontrar un punto medio, sino también de nuestra capacidad para hacer ajustes mientras la vida continúa cambiando.

Después de todo, una balanza viva no permanece inmóvil. Responde al peso que recibe, se inclina, vuelve a ajustarse y busca una nueva relación entre sus partes. El equilibrio no es necesariamente un lugar al que llegamos de una vez y para siempre. A veces es algo que necesitamos encontrar una y otra vez mientras las circunstancias cambian.

Cuando hablamos del otoño desde una mirada simbólica, solemos llegar muy rápido a una misma idea: soltar. Las hojas caen, los árboles quedan desnudos y la metáfora parece casi inevitable. El otoño se convierte entonces en la temporada para dejar ir todo aquello que ya no necesitamos.

Pero siempre he sentido que, al contar la historia de esa manera, nos estamos saltando una parte fundamental del ciclo. Porque antes de que los árboles queden desnudos, hay una cosecha.

Durante la primavera vimos aparecer los primeros brotes. En el verano, aquello que consiguió crecer recibió toda la fuerza de la temporada de mayor luz. Y ahora llegamos al momento en que podemos observar qué produjo realmente ese proceso. Algunas cosas habrán madurado exactamente como esperábamos, otras habrán dado frutos distintos y habrá también semillas que, por muchas razones, simplemente no prosperaron.

La cosecha no consiste únicamente en celebrar aquello que salió bien. Cosechar también implica mirar con cierta honestidad qué produjo un ciclo después de haberlo vivido. Reconocer lo que creció, lo que cambió de forma, lo que llegó más lejos de lo que imaginábamos y también aquello que no llegó a convertirse en lo que esperábamos.

Por eso me cuesta pensar en el otoño únicamente como una invitación a soltar.

 

«Antes de decidir qué dejamos caer, necesitamos saber qué tenemos entre las manos.»

 

Y quizá aquí volvemos, de otra manera, al mismo punto con el que comenzamos este artículo. Muchas veces estamos tan ocupados avanzando hacia lo siguiente que apenas nos damos tiempo para reconocer aquello que acaba de ocurrir. Terminamos un proyecto y comenzamos otro. Alcanzamos algo que deseábamos y rápidamente aparece una nueva meta. Atravesamos etapas enteras de nuestra vida pensando en lo que todavía falta, hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos que aquello que alguna vez fue nuestro presente ya terminó.

La cosecha introduce una pausa diferente. No nos pide detener la vida ni permanecer aferrados a lo que fue. Nos pide reconocerlo antes de continuar.

Tal vez por eso tiene sentido que el otoño comience precisamente en un equinoccio. Durante un instante podemos ubicarnos dentro del recorrido, mirar de dónde venimos y reconocer qué ha llegado hasta aquí con nosotros. Después habrá tiempo para la caída de las hojas, para aquello que termine su ciclo y para todo lo que necesite volver a la tierra.

Pero primero está este momento. La cosecha antes del desprendimiento. El reconocimiento antes de continuar.

Quizá eso era también lo que había detrás de aquella frase de Nico que me dejó pensando mientras cocinábamos.

Los momentos son efímeros. No porque carezcan de importancia, sino precisamente porque ocurren, ocupan su lugar y después pasan. Podemos intentar conservarlos en fotografías, anotarlos en un calendario o llenar nuestros teléfonos de recordatorios, pero nada de eso puede hacer que permanezcan.

El equinoccio me parece una expresión hermosa de esa realidad. Podemos saber con anticipación cuándo ocurrirá, entender qué sucede e incluso señalar la hora exacta en nuestro calendario. Aun así, ese punto de equilibrio llegará y seguirá su curso, con o sin nuestra atención.

Llevo años observando los cambios de estación, marcando equinoccios y solsticios y procurando vivir con mayor conciencia de los ciclos de la naturaleza. No es una práctica nueva para mí. Y, sin embargo, aquella conversación con Nico me hizo preguntarme algo diferente.

 

¿Qué pasaría si recuperáramos nuestra capacidad de reconocer estos momentos mientras están ocurriendo?

 

No me refiero solamente a saber que hoy es el equinoccio o a realizar un ritual porque el calendario dice que corresponde. Me refiero a estar realmente presentes ante lo que está sucediendo, a aprovechar ese momento y permitirnos participar de la energía particular que existe en él.

Durante unas horas estamos frente a una configuración que no permanecerá. La luz y la oscuridad alcanzan una medida que inmediatamente comenzará a cambiar. Podemos dejar que ocurra mientras continuamos ocupados en cualquier otra cosa, como sucede con tantos momentos de nuestra vida, o podemos detenernos lo suficiente para observarlo, recibirlo y permitir que forme parte de nuestra experiencia.

Y quizá integrar la energía de un momento como este no signifique intentar retenerla. Al contrario. Puede significar estar presentes mientras existe, permitir que nos atraviese y continuar nuestro camino llevando algo de ese instante con nosotros.

A veces pienso qué ocurriría si fuéramos capaces de recuperar colectivamente esa relación con los ciclos. Si volviéramos a reconocer estos puntos del año no solamente como fechas que aparecen en un calendario, sino como momentos que realmente habitamos. Si pudiéramos reconocer cuándo estamos entrando en una nueva etapa del ciclo, cuándo algo alcanza su plenitud, cuándo llega el momento de cosechar y cuándo comienza lentamente a retirarse.

Tal vez nuestra relación con el tiempo sería distinta. Quizá dejaríamos de experimentarlo como una sucesión de días relativamente intercambiables que debemos llenar de actividades, pendientes y objetivos, y comenzaríamos a percibir con mayor claridad que también nosotros estamos atravesando momentos que no volverán a presentarse exactamente de la misma manera.

No se trata de abandonar nuestra vida para contemplar cada movimiento del cielo ni de convertir los ciclos naturales en otra cosa que debemos hacer correctamente. Se trata de recuperar algo mucho más sencillo que, paradójicamente, parece haberse vuelto difícil en medio de tanto ruido e información «darnos cuenta».

Darnos cuenta de dónde estamos. De lo que está ocurriendo. De aquello que ha llegado hasta aquí con nosotros y también de la dirección que comienza a tomar el camino.

Quizá por eso seguimos necesitando estos puntos de referencia, incluso cuando llevamos años observándolos. Porque cada vez que llegamos a uno nosotros tampoco somos exactamente los mismos que estuvimos aquí la vez anterior.

Este equinoccio también pasará. La luz y la oscuridad encontrarán durante un instante esa medida casi perfecta y después continuarán su recorrido. Nosotros también.

Y creo que ahora comprendo mejor lo que Nico quiso decir aquella tarde.

Que un momento sea efímero no significa que tengamos que retenerlo. Tal vez significa que vale la pena estar allí mientras ocurre.

 

 

 

 

Stefanie.

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