Correspondencia de papel, en la era digital…

Hace tiempo que no escribo en este blog.

Sí, chicos… me perdí un poco intentando sostener un mundo creado por mí misma en las redes sociales.

Hace muchos años comencé un camino aquí, en Regreso al Origen. Y comenzó precisamente con este blog. Disfrutaba muchísimo escribir; de hecho, era todo lo que quería hacer. Tenía la visión de que quizás, algún día, estaría publicando mi primer libro; uno que integrara todo lo que había aprendido, quizás un poco de mi propia historia… o quién sabe, una novela incluso.

Comencé este camino con el deseo profundo de convertirme en escritora.

Pero no sé exactamente en qué punto pasé de eso a convertirme en mentora espiritual, a dirigir talleres, facilitar clases sobre algunos temas en los que, con los años, terminé especializándome, brindar acompañamiento terapéutico y conocer a tantas personas hermosas que hoy forman parte de esta familia que hemos construido en Regreso al Origen. Y vaya si no ha sido un viaje hermoso.

No cambiaría todo lo que nació en el camino. Muchas de esas cosas ni siquiera estaban en mis planes cuando escribí las primeras entradas de este blog y terminaron convirtiéndose en una parte importantísima de mi vida. Y muchas de ellas siguen siendo parte de lo que hago y de lo que quiero seguir haciendo… así que definitivamente no es ese camino el que siento que necesito dejar atrás. Lo que si empecé a cuestionarme fue la forma en que, casi sin darme cuenta, había terminado construyendo buena parte de mi trabajo alrededor de las redes sociales.

Construí un feed hermoso. Le dediqué horas, ideas, fotografías, diseños, textos. Y conforme se hacía más bonito, más completo y más elaborado, también parecía demandar más de mí dejándome sin espacio y tiempo para otras cosas.

Había que publicar, aparecer, planificar el contenido a compartir. Tocaba aprender nuevos formatos, grabar videos, editar reels y entender el algoritmo. Y sin darme cuenta, era obligatorio mantener una presencia constante para no desaparecer en un ecosistema que se mueve a una velocidad absurda.

Pero no era solamente todo el tiempo y el trabajo que aquello demandaba. Había otra cosa que me costó un poco más reconocer: yo tampoco me sentía completamente plena con lo que estaba creando allí.

Y eso resulta curioso porque estaba enamorada de mi feed. Siempre recibí comentarios hermosos sobre él y disfrutaba muchísimo pensar cada imagen, cada composición, cada detalle. La diseñadora en mí era feliz haciendo que todo se viera bonito y transmitiera el mensaje adecuado o despertara la reflexión deseada. El problema es que yo quería decir mucho más de lo que ese formato me permitía.

Hay ideas que simplemente no caben en un reel de tres minutos. A veces tampoco caben en un post, aunque tenga veinte diapositivas. Y no es que sea imposible hablar de cosas profundas en redes sociales, sino porque el medio funciona de otra manera… está hecho para avanzar rápido, para recibir micro dosis de información, curiosear, entretenernos y pasar a lo siguiente. Y, por supuesto, para que todo se vea aesthetic, jajaja.

 

«Y definitivamente ese no es mi objetivo.»

 

O, al menos, no quiero que sea el objetivo que determine la forma en que comparto mi trabajo. A mí me gusta profundizar. Me gusta desarrollar una idea, darle vueltas, hacer preguntas, investigar, escribir o hablar largo y tendido. Hay cosas que necesitan tiempo para ser explicadas y también tiempo para ser recibidas.

Así que, de pronto, me vi creando muchísimo para un mundo digital que, si bien hoy forma parte habitual de nuestras vidas, también puede terminar quitándonos una buena parte del tiempo que tenemos para vivirlas. Y, en mi caso, además comenzaba a dejarme con la sensación de estar produciendo muchísimo sin poder decir todo lo que realmente quería decir.

No creo que lo digital sea el enemigo. Gracias a internet he conocido personas que jamás habría encontrado de otra manera. He podido enseñar, acompañar, compartir mi trabajo y construir una comunidad que ha atravesado fronteras. Sería absurdo negar todo lo bueno que me ha dado.

Pero había algo que desde hacía tiempo se sentía forzado… Seguir sosteniendo mi antigua cuenta de Instagram comenzaba a parecerse un poco a una adicción. Algo que me consumía, que demandaba constantemente de mí y que, aun así, me costaba muchísimo soltar.

Cerrar esa cuenta no fue una decisión fácil. Tuve miedo. Y también me sentí muy triste… 

Allí había años de trabajo, más de seis mil personas, cientos de publicaciones y una parte enorme de la historia de Regreso al Origen. Así que cerrarla significaba renunciar voluntariamente a algo que me había tomado muchísimo tiempo construir.

Pero finalmente pude reconocer algo que quizás llevaba demasiado tiempo evitando: la mujer que había abierto aquella cuenta ya no estaba.

Hacía mucho tiempo que yo había cambiado y con ello mis intereses, mi manera de trabajar, las cosas que quería decir e incluso la forma en que quería vivir. Esa versión de mí había terminado hacía mucho y, sin embargo, yo seguía tratando de mantener vivo el espacio que ella había construido. Era un poco como intentar reanimar un cadáver.

Y cuando finalmente pude verlo de esa manera, entendí que quizás no necesitaba seguir encontrando nuevas formas de hacerlo funcionar.

 

«Necesitaba dejarlo morir.»

Así que cerré la cuenta. Y después hice algo que, visto desde afuera, podría parecer bastante absurdo: abrí otra, jajaja. Lo sé… ¿Para qué cerrar una cuenta de Instagram para comenzar inmediatamente otra desde cero?

Creo que la respuesta es bastante sencilla: todavía no sé cómo prescindir completamente de las redes sociales. Y no es que crea que no exista vida fuera de ellas. Incluso tengo esta web, que prácticamente es mi primera casa. Pero una web funciona de otra manera. Este es un espacio para quedarse, para explorar, leer largo y tendido, profundizar en algún tema… y, seamos sinceros, actualmente parece que muchas personas casi que odian leer, jajaja.

Las redes tienen algo mucho más inmediato. Incluso cuando conoces a alguien fuera de ellas, le cuentas lo que haces y conectas en la vida real, tarde o temprano aparece la pregunta: “¿Cuál es tu Instagram?”. El feed de Instagram funciona casi como nuestra nueva tarjeta de presentación.

No lo sé… aún estoy tratando de resolver esa parte. Aunque últimamente he estado pensando seriamente en darle rienda suelta a mi corazón rebelde y regresar a lo análogo al 100 %, aunque eso me convierta en bicho raro. Por ahora, creo que no necesito desaparecer del todo de las redes, pero sí necesitaba dejar de construir todo alrededor de ellas. Y comenzar de nuevo me ha permitido relacionarme con ellas de otra manera, así que si quieres acompañarme en esta nueva etapa, puedes encontrarme aquí

Hoy la comunidad es mucho más pequeña, pero también comienza a sentirse más íntima y cercana. Después de años construyendo una comunidad de alrededor de seis mil seiscientas personas, he tenido que aceptar algo bastante evidente: nunca pude relacionarme con seis mil seiscientas personas de la forma personal y hermosa en que he llegado a hacerlo con quienes están más cerca. Quizás ahora seamos menos, y estoy bien con eso, porque cada vez me interesa menos crear pensando solamente en cuántas personas puedo alcanzar y mucho más hacerlo de una manera que se sienta genuina y cercana.

Y cuando dejé de poner tanta energía en sostener mi presencia en redes, también comencé a recuperar espacio para otras cosas. Una de ellas fue este blog. Y He podido ver cuánto necesitaba volver a escribir… 

Necesito poder desarrollar una idea sin preguntarme si alguien tendrá la paciencia de llegará hasta el final, sin pensar cómo convertirla en diez diapositivas, sin buscar un gancho para los primeros tres segundos. Necesito poder hablar de algo que quizás me tomó días, meses o incluso años comprender sin tener que condensarlo para que pueda consumirse rápidamente antes de pasar a lo siguiente.

Y claro, este blog también vive dentro de una pantalla y no estoy tratando de escapar de la tecnología. Pero aquí puedo relacionarme con ella de otra manera. Quien llega hasta un blog viene a leer porque le gusta hacerlo, porque algo le interesa o porque quiere quedarse un rato a explorar una idea. Aquí puedo extenderme, dar vueltas, profundizar, incluso desviarme un poco y regresar. No tengo que entregar algo bello, complejo o profundo en tres minutos como máximo. Y había olvidado cuánto extrañaba eso.

Mientras voy recuperando la escritura, también he comenzado a reconocer otra parte de mí que había quedado un poco escondida debajo de todo lo que fui construyendo durante estos años. Antes de muchas de las cosas que hago hoy, fui diseñadora. Y todavía hay algo profundamente mío en pensar en papeles, formatos, ilustraciones, composición, impresión; en imaginar algo y después trabajar hasta convertirlo en un objeto que existe fuera de una pantalla.

 

 
He vuelto a diseñar para imprimir y no solamente para publicar en redes sociales. A pasar menos tiempo frente a una pantalla y disfrutar otra vez de cortar, doblar, armar, escribir, tocar la textura de un buen papel. Y sin haberlo planeado demasiado, simplemente siguiendo lo que siento que necesito y lo que tengo ganas de hacer… me doy cuenta de que estoy volviendo al papel en plena era digital.
 

 

Y quizás por eso este regreso se siente como recordar una forma de crear que ya conocía y que, en algún momento, dejé de escuchar.

Porque no puedo negar que hay experiencias que cambian cuando existen fuera de una pantalla. Una carta no llega de la misma manera que un mensaje, una postal no ocupa el mismo lugar que una imagen que vimos durante unos segundos mientras hacíamos scroll, escribir sobre una hoja no se siente igual que abrir otra aplicación en el teléfono y recibir algo que alguien pensó, diseñó, imprimió y preparó para llegar físicamente hasta nosotros tiene un ritmo completamente distinto.

Claro que no puedo sentarme a escribir cincuenta cartas a mano todos los meses. Pero sí puedo escribir, diseñar, imprimir, seleccionar, doblar y armar algo que llegue físicamente a otras manos. Algo tangible, algo coleccionable, algo de lo que también podamos aprender, pero sin la prisa de hacer scroll, sin una notificación apareciendo a mitad de una frase y sin otra cosa reclamando nuestra atención inmediatamente después.

La Rueda del Año comenzó a gestarse hace unos ocho meses, cuando regresé a mis diarios de ideas, a mi diario Atrapa Sueños, como yo le llamo… esa libreta donde me gusta anotar esas ocurrencias que me llenan de emoción, es el lugar donde escribo y armo ideas que quiero llevar a cabo en algún momento. Cuando dejé de publicar con tanta presencia en el mundo digital, me encontré con más tiempo libre para reencontrarme con esas viejas ideas y La Rueda del Año fue la primera que elegí hacer realidad.

Y la nombré así porque me di cuenta de que me ha tomado varias vueltas a la rueda misma encontrarme, reconocerme y recordar. Recordar qué cosas disfruto hacer, cómo quiero compartir lo que sé, qué clase de espacios quiero construir y, sobre todo, reconocer que no tengo por qué seguir el ritmo que parece imponerse afuera.

Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba aprender a moverme cada vez más rápido. Hoy es claro que me interesa algo distinto… encontrar un ritmo más natural y más propio. Y eso es también parte de lo que quiero compartir con La Rueda del Año: observar el tiempo no solamente como una sucesión de fechas que tachamos en un calendario, sino como algo que habitamos. Recordar que la naturaleza cambia a lo largo del año y que nosotros también atravesamos nuestros propios momentos de movimiento, expansión, cosecha, cierre, descanso y comienzo.

Por eso el club sigue el ritmo de las estaciones y cada mes toma una forma distinta. Cada envío reúne correspondencia y distintas piezas que diseño alrededor del momento del año que estamos atravesando. Allí se encuentran muchas de las cosas que han formado parte de mi trabajo durante estos años: la astrología, los ciclos y las estaciones, la escritura y la reflexión, pero también herramientas de autoconocimiento y recursos que nos invitan a observar lo que estamos viviendo, comprender un poco mejor nuestros propios procesos y llevar esa consciencia a la vida cotidiana. 

 

Porque detrás de cada pieza hay una intención. No se trata solamente de recibir algo bonito en el correo, sino de que aquello que llega pueda abrir una pregunta, provocar una reflexión, acompañar un proceso o invitarnos a mirar con un poco más de atención el momento que estamos atravesando.
 

Pero esta vez quería que llegaran de otra manera. Quería que hubiera una invitación a la pausa, a tomar un tiempo aparte para abrir un sobre, mirar lo que hay dentro, leer, escribir, explorar y regresar a ello cuando queramos. Sin prisa, sin algoritmo y sin necesidad de convertir inmediatamente la experiencia en otra cosa.

También quiero confesar que este proyecto recién acaba de nacer, salió a la luz hace pocos días y me ha costado un poco mostrarlo en redes, pero decidí aventurarme fuera de ello… he estado diseñando y creando afiches con mis manos y salí, al estilo de la vieja escueal, a colocarlos en algunos lugares que generosamente me han abierto sus puertas.

Sí… en plena era digital estoy caminando por la ciudad con afiches de papel para contarle a la gente sobre un club de correspondencia de papel, jajaja. Y hay algo en ello que me entusiasma muchísimo más de lo que esperaba.


Porque un afiche existe en un lugar y alguien se encuentra con él porque fue a tomar un café, porque caminaba por allí o porque simplemente levantó la mirada fuera de su celular para observar el mundo real y algo llamó su atención. Ese afiche no apareció porque un algoritmo decidió mostrárselo. Es algo tangible que diseñé, imprimí y armé con mis manos para luego salir de mi casa y encontrar un lugar dispuesto a recibirlo.

Pero debo confesar que no me senté un día a decidir que iba a abandonar el mundo digital para comenzar una especie de revolución analógica. Todo esto ha ido ocurriendo mientras intento escuchar un poco más lo que necesito, seguir las cosas que tengo ganas de hacer y dejar de obligarme a hacer aquellas que hace tiempo dejaron de tener sentido para mí.

Quizás por eso crear correspondencia de papel tiene tanto sentido para mí precisamente ahora. Porque quiero recuperar un poco de elección sobre cómo utilizo mi tiempo, cómo hago mi trabajo y cómo comparto aquello que me importa. Y quiero hacerlo de una forma que se sienta genuina y más tangible para el mundo real.

Así que, después de tanto tiempo sin escribir en este blog, supongo que esta es también mi manera de decirles:


«Estoy de vuelta.»


Y traje conmigo algo nuevo… Si quieren conocerlo, los invito a entrar, explorar con calma lo que he preparado y conocer cómo funciona el Club de Correspondencia Estacional: La Rueda del Año

Por ahora los envíos están disponibles únicamente dentro de Guatemala. Sé que muchas de las personas que han acompañado Regreso al Origen durante estos años viven en otros países y me encantaría que este proyecto pudieran llegar hasta ustedes. Todavía no he encontrado una alternativa de envío internacional que tenga un costo razonable, pero estoy trabajando en ello.

Mientras tanto, me despido por ahora… seguiré por aquí, escribiendo otra vez, dedicando espacio a Regreso al Origen de otras formas y descubriendo qué sucede cuando dejamos de hacer las cosas como se supone que debemos hacerlas y empezamos a prestar un poco más de atención a cómo realmente queremos hacerlas.

Con cariño, Stefanie.

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