© Regreso Al Origen

Algo despertó en mí… y tuve miedo.

Hace unos años pasé por una crisis espiritual. Tenía muchas dudas y pocas respuestas.

Siempre fui metódica y disciplinada con mi trabajo interno y espiritual, pero empecé a cuestionar con honestidad a qué le estaba dedicando mi fe. Me empezó a hacer ruido el dogma que muchas corrientes espirituales siguen repitiendo, incluso cuando aseguran ser diferentes a la religión organizada. Esa fue una de las principales razones por las que me distancié de la kabbalah —o más bien, de lo que hoy muchas escuelas llaman kabbalah pero no es más que una versión adaptada del judaísmo para quienes no nacieron dentro de él. Pero esa es otra historia. El punto es que había algo que no cuadraba, no encontraba sentido y, aunque siempre me consideré rebelde, me di cuenta de que seguía intentando encajar en una estructura que me resultaba ajena, rígida, y que ya no podía sostener. Seguía llamando espiritual a un camino con una sola voz: masculina, autoritaria, distante. Demasiado cuadrado, demasiado limitado para todo lo que yo sentía.

Dios, como me lo enseñaron, nunca fue cruel conmigo, pero con el tiempo sentí que no me comprendía. No hablábamos el mismo lenguaje. Y es que, ¿puede un padre comprender lo que vive una hija cuando menstrúa, cuando da a luz a su primer hijo, cuando habita un cuerpo cíclico? Tal vez lo intenta, pero no lo sabe. No lo ha vivido. No lo siente. Y así me sentía yo: intentando sostener una espiritualidad donde mi cuerpo, mis emociones, mis procesos naturales, eran algo secundario o directamente ignorado.

Empecé a preguntarme: ¿dónde estoy yo en esta historia? ¿Dónde está mi experiencia como mujer, como madre, como cuerpo que siente y sangra, como alma que intuye y se conmueve? Buscaba alguna parte del relato que se pareciera a mí, que me hablara de lo sagrado desde lo que yo vivo, y no desde lo que me dicen que debo creer. Pero cada vez que lo intentaba, me encontraba con una ausencia. Como si la espiritualidad que me enseñaron no estuviera escrita para mí, sino para otros. Como si mi experiencia solo pudiera ser comprendida a través de lo masculino, o no contara en absoluto.

Aunque nunca he sido religiosa, en algún punto de mi búsqueda tomé un diplomado en religiones porque sentía una necesidad profunda de comprender las raíces de la espiritualidad. Quería entender de dónde venían las creencias, cómo se habían formado, y si había algún lugar en esos relatos para una experiencia como la mía. Pero entre más estudiaba, más evidente se volvía que muchas de esas estructuras habían sido construidas desde una visión donde lo femenino apenas tenía espacio. Me di cuenta de que la espiritualidad que me ofrecían no estaba hecha para mí, ni para mujeres como yo. Era como si solo pudiéramos acceder a lo sagrado a través de lo masculino, como si nuestra vivencia solo tuviera valor si se ajustaba a ese molde.

Y buscara por donde buscara, era evidente que la Torah y la Biblia y muchos libros “sagrados” más, autorizados por las religiones están llenos de personajes masculinos, y las pocas figuras femeninas que aparecen suelen ocupar un lugar marginal. Tiene sentido si pensamos en el contexto en que fueron escritos: sociedades patriarcales, donde la voz masculina era la norma y lo femenino quedaba relegado, silenciado, o interpretado por hombres desde su mirada.

Muchas mujeres en esos textos tienen historias potentes, pero han sido recortadas, resumidas o directamente manipuladas. Miriam, la hermana de Moisés, fue profetisa, pero su rol queda minimizado. Débora fue jueza y líder militar, pero aparece casi como una nota al pie. Eva, es una figura fundacional, pero solamente ha sido históricamente culpada por la caída de la humanidad… Y la interpretación posterior reforzó la idea de que la mujer era la causa del error, la tentación o el desequilibrio.

Incluso en la Kabbalah, lo poco que se dice del principio femenino es que fue exiliado. Y esa sola idea es muy reveladora.

“Con el tiempo fui entendiendo que ese exilio simboliza el olvido del cuerpo sagrado, de la sabiduría intuitiva, de la conexión con los ciclos, de la compasión activa, de la presencia encarnada.”

Me di cuenta de que me sentía excluida en mi propia práctica de fe. Y tratando de comprenderlo mejor, comencé a explorar otras vías. Crucé los límites establecidos, seguí mi instinto, estudié, observé. Me acerqué al paganismo con la mente abierta, y encontré algo que me fascinó: de pronto aparecían diosas, relatos antiguos, cultos femeninos milenarios que habían sido silenciados por la historia. Descubrí que antes de la imposición de un único Dios, existían múltiples formas de lo sagrado, y muchas de ellas eran femeninas y mucho más antiguas que los dioses que vinieron después.

No me considero adoradora de todas las figuras que encuentro en los libros o mitologías. Sé que mi energía y conciencia alimentan la realidad dentro y fuera de este plano, y por eso soy cuidadosa. No levanto altares a cualquier símbolo que me parezca poderoso. Y cuando hablo de altares, no me refiero solo a lo físico, sino a ese espacio interno donde coloco lo que considero verdaderamente sagrado.

Fue cuando decidí limpiar ese altar interno y reformular mi camino que apareció el miedo…

No era un miedo lógico ni consciente. Era algo más antiguo, enraizado, como si cruzar ese umbral fuera traicionar algo sagrado. Me pregunté si estaba cometiendo un error fatal, si iba a perder mi lugar, si estaba arriesgando el alma. Y entonces apareció una pregunta aún más fuerte:

¿desterraría yo a mis hijos si se equivocaran?

La respuesta fue inmediata y rotunda: ¡NUNCA!

En ese momento comprendí que lo que sentía no era miedo a Dios, sino miedo a Ella. A la Diosa. A esa parte de mí que siempre estuvo, pero a la que me enseñaron a temer. No lo entendía con claridad en ese momento, pero con el tiempo fui comprendiendo que despertar a la Diosa es romper. Romper con lo heredado, con lo que nos impusieron, con lo que nos encadenó sin darnos cuenta.

Despertar a la Diosa es recordar lo que fuimos, lo que somos, y lo que aún nos cuesta sostener. Y sé que no soy la única. Muchas mujeres han sentido este mismo llamado. Algunas, por miedo, lo han rechazado, lo han juzgado, lo han silenciado. A lo largo de la historia hemos visto mujeres entregar a otras mujeres al fuego para ser quemadas. Madres asustadas entregando a sus hijas a conventos para que fueran controladas.

Y todo por el mismo temor:

“El miedo a esa luz interior que no se puede dominar. El miedo al poder femenino. Nuestro propio poder.”

Pero ese tiempo está terminando. Estamos recordando. Estamos regresando. Y aunque el miedo siga apareciendo, aunque tiemble lo que creíamos firme, aunque duela, seguimos caminando. Porque despertar no es una moda. Es un destino. Y cuando la Diosa toca tu alma, ya no hay marcha atrás.

Así llegué a Ella. La llamo Diosa, pero podría tener cualquier otro nombre.

Lo importante no es el título, sino la presencia. Ella estaba allí, y lo sigue estando… acompañándome mientras se desmoronaban las creencias heredadas, mientras me liberaba de lo que me dijeron que debía ser, mientras una parte de mí —una parte antigua, sabia y viva— comenzaba por fin a florecer.

He comprendido que lo femenino divino —la sensibilidad, la intuición, la conexión con el cuerpo y lo cotidiano— fue olvidado. Pero no desapareció. Está escondido, esperando ser recordado. Por eso muchas veces sentimos que no tenemos permiso para descansar, para recibir, para disfrutar. Nos cuesta confiar en nuestra sabiduría interna. Dudamos de nuestros dones, aunque sean reales. Y hemos crecido creyendo que lo espiritual está “allá arriba”, lejos, desconectado de la vida. Eso es el exilio. No es castigo. Es separación. Y por eso sentimos nostalgia, vacío, añoranza.

“La Diosa está exiliada dentro de nosotras.”

Somos su templo… y a veces también su prisión. Volver del exilio es un acto de memoria. Cada vez que una mujer honra su cuerpo, escucha su intuición, pone límites desde el amor, se conecta con la tierra o con su alma, está regresando.

Y con ella, también regresa la Diosa.

En algún punto de la historia, en algún plano de la conciencia, hubo una ruptura. Olvidamos lo que somos. Pero el alma recuerda. Siempre reconoce la voz de su madre. Y aunque la hayamos olvidado, la Diosa nunca nos dejó. Ella permanece. Se queda cerca. Se hunde con nosotras si hace falta. Es la madre que no se va del lado del hijo enfermo. Es la llama que permanece encendida en medio del derrumbe.

Ella habita en lo cotidiano porque desciende y permanece cerca porque el alma humana necesita una presencia íntima, cálida, que sostenga desde adentro. A lo largo del tiempo, muchas tradiciones representaron lo divino masculino como trascendente, ubicado en lo alto, separado de la materia. No porque esa sea su verdadera naturaleza, sino porque fue proyectado desde estructuras jerárquicas y patriarcales. Pero el aspecto masculino del Espíritu también puede encarnarse. No es solo cielo, también es dirección, firmeza, claridad, visión. Se manifiesta en el impulso que guía, en la palabra que nombra, en el fuego que enciende el movimiento. Cuando está en equilibrio, el masculino divino no impone ni controla, sino que sostiene el espacio para que la vida se despliegue. Es como el tronco que permite al árbol crecer en libertad. Así como el femenino nutre, contiene y conecta, el masculino organiza, impulsa y da estructura. Ambos se necesitan. Ambos forman parte de lo sagrado. Lo que nos ha hecho daño no es lo masculino, sino su desconexión del alma, de la tierra y de lo femenino.

Por mucho tiempo, sin embargo, solo se exaltó uno de estos aspectos. Se honró lo alto, lo recto, lo abstracto… pero se olvidó lo profundo, lo cíclico, lo encarnado. Se separó el espíritu de la tierra, el alma del cuerpo, la divinidad de la vida cotidiana. Y en ese quiebre, lo femenino quedó marginado. No desapareció, pero fue silenciado. Sus símbolos, sus nombres, sus lenguajes quedaron enterrados bajo siglos de interpretaciones ajenas. Y sin darnos cuenta, crecimos sintiendo que la espiritualidad no hablaba nuestro idioma, que para pertenecer había que adaptarse, callar, renunciar a partes esenciales de nosotras.

“Este misterio también vive en Inanna, en Perséfone, en la Virgen Negra, en Hékate y tantas otras. Todas ellas descienden y regresan transformadas. Y así lo hacemos nosotras también.”

Hoy sé que uno de los dolores más profundos de las mujeres es haber quedado huérfanas de Madre espiritual. Nos arrancaron de su seno, nos negaron su alimento y nos obligaron a ganárnoslo, como si una madre alimentara a su bebé sólo si lo merece.

Nos enseñaron que solo había una voz sagrada, y no era la nuestra.

Nos obligaron a mendigar espiritualidad. A pagar con obediencia, culpa y sumisión. Pero no, no es así como debe ser. Porque la espiritualidad no se mendiga. Se encarna, se vive, se respira, se sangra… Tal como lo hacemos nosotras, incluso sin saberlo.

Y eso es lo que muchas estamos recuperando hoy. Con miedo, sí. Pero también con fuerza. Porque ya no queremos fingir. Porque no estamos solas. Porque Ella nos llama. Y esta vez, estamos escuchando cada vez más.

Con Amor,

Stefanie 🌙

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