
Desde que leí los libros del Señor de los Anillos de Tolkien sentí que había algo en mí que se parecía al Hobbit. Esa criatura que valora su hogar, la buena comida, los silencios largos y los paseos por la naturaleza… pero que termina, sin quererlo, embarcada en un viaje donde todo lo cómodo desaparece. Un viaje que te cambia. Que te lleva lejos. Que te obliga a cruzar montañas internas, a sobrevivir batallas, a cargar pesos que no sabías que podías sostener.
Yo he sido esa Hobbit desde hace mucho.
He caminado mi propio camino como quien cruza tierras lejanas: sin mapas claros, guiándome por la intuición, la fe, y también por la sabiduría de los aliados que han aparecido en mi viaje. He atravesado tormentas internas, resistido cansancios que parecían imposibles, sostenido cargas que solo entendí con el tiempo… y aun así, seguí caminando, incluso cuando no sabía hacia dónde.
Y sí, ya se habrán dado cuenta: soy fan de J.R.R. Tolkien —¿y cómo no serlo?—. Más que un escritor, fue poeta, filólogo, lingüista, profesor… pero, sobre todo, un tejedor de mundos. Su magna obra, el universo del Hobbit, no es solo una fantasía épica: es una guía simbólica para el alma que se atreve a salir de su comarca.



Recuerdo que fue en el 2011 cuando leí por primera vez los libros de El Señor de los Anillos. Mi segundo hijo acababa de nacer y yo atravesaba uno de los capítulos más intensos de mi vida: la maternidad por partida doble, la montaña rusa emocional del postparto, la entrega absoluta que exige la lactancia materna, y ese agotamiento silencioso que no se puede explicar del todo.
Pasaba mucho tiempo en casa, y aunque el cuerpo estaba ahí —presente, ocupado—, mi mente necesitaba un respiro, una rendija por donde respirar un poco de mundo propio. La lectura siempre fue ese lugar para mí. Pero entre pañales, llantos, tomas nocturnas y cero tiempo para ir a una librería, no podía darme el lujo de buscar novedades. Fue entonces cuando Hary (mi esposo) me regaló un iPad, y con él, mi primer portal hacia el mundo de los libros digitales.
Buscaba algo distinto. Algo que no se pareciera a todo lo que ya conocía. Y entonces me encontré con las joyas de Tolkien.
Me devoré los tres libros de El Señor de los Anillos uno tras otro, como quien bebe agua en el desierto. Y un año más tarde, cuando se estrenó El Hobbit en cines, supe que tenía que leer el libro antes de ver la película.
«Así comenzó una historia personal con la Tierra Media.»
Debo confesar que algo se movía muy profundo en mí mientras leía. No era solo la admiración por la complejidad de la obra, por el universo construido con tanta precisión, o por el lenguaje exquisito de Tolkien…
Había algo más. Algo que no sabía nombrar en ese entonces, pero que sentía como un eco antiguo despertando dentro de mí. Como si esa historia —tan épica, tan fantástica, tan lejana— me estuviera contando, en clave de mito, una parte muy real de mi propia historia.
Ya perdí la cuenta de cuántas veces he visto las películas y la serie… Pero sí recuerdo con claridad la última vez que me sumergí en la saga de El Señor de los Anillos: fue en septiembre del año pasado (2024). Volvía de un viaje de fin de semana y regresé contagiada con influenza. No me enfermaba de nada tan fuerte desde el COVID, y esta vez el cuerpo me obligó a detenerme por completo. Fueron dos semanas enteras de pausa. De esas que no puedes evitar ni disfrazar de descanso productivo. Fiebres altas, dolor de cuerpo constante, neblina mental, cansancio extremo… no había forma de seguir el ritmo de la vida habitual.
Y aunque fue incómodo, no lo viví con angustia.
A estas alturas de mi camino, ya no interpreto la enfermedad como una señal de debilidad o castigo. Sé —por experiencia propia y por el trabajo profundo que hago conmigo misma— que muchas veces cuando el cuerpo se cae, no lo hace porque estemos haciendo algo mal, sino porque está intentando alcanzar la frecuencia del alma que se está expandiendo. Es como si los sistemas internos necesitaran recalibrarse para procesar los cambios invisibles que ya están ocurriendo a otro nivel.
Las enfermedades que te dejan quieta, que te tumban sin remedio, no siempre son obstáculos. A veces son rituales de integración física. El cuerpo necesita tiempo para entender lo que el alma ya comprendió.
Así que me rendí. Me entregué al proceso. No intenté apresurar la recuperación ni forzarme a funcionar.
Algunas veces lograba dormir. Otras, el malestar no me dejaba. Fue en una de esas tardes largas y retadoras, cuando me sentía particularmente incómoda, que pensé: necesito ver algo que me levante el espíritu. Estuve un buen rato recorriendo las plataformas de streaming, saltando entre opciones que no me convencían, hasta que la respuesta me encontró sola: El Señor de los Anillos.

No tenía prisa. No había nada que hacer, ni a dónde ir. Así que más de diez horas de saga épica no me parecieron una locura… al contrario: sentí que era exactamente la medicina que necesitaba. Y como todo en mi vida tiende a convertirse en ritual —aunque no lo planee del todo—, esa maratón se transformó en mucho más que entretenimiento. Fue una inmersión total.
Un viaje épico entre fiebre, sudor y visiones.
Casi una experiencia psicodélica… pero sin plantas sagradas… un viaje patrocinado por las fiebres altas y el agotamiento del cuerpo. Solo Tolkien, mi cuerpo en proceso, y mi alma reconectando.
Nunca había vivido los libros ni las películas de esta forma. Esa vez —entre fiebre y vulnerabilidad— algo se abrió en mí que me permitió ver que ese también había sido mi viaje.
«Yo era el Hobbit… todos lo somos en algún momento.»
Pero pude ver, como si se tratara de una revelación interna, mi propio viaje del héroe desplegado paso a paso:
La salida de casa del Hobbit fue impulsada por el miedo, la urgencia y la necesidad de sobrevivir. Y durante muchos años, viví así… como quien está escapando de algo que no puede nombrar. Viví en modo supervivencia. Mantuve el paso firme, la entrega constante, el corazón disponible… pero por dentro, estaba intentando sostener una vida entera mientras enfrentaba mis propios miedos sin tener tiempo de mirarlos de frente. Salí al mundo movida por la necesidad, por la fuerza de los acontecimientos, por esa sensación de que tenía que hacer algo para sobrevivir. Y sin saberlo, ya estaba en la travesía.
Reconocí entonces todos los elementos del viaje:
Mi encuentro con la magia —ese momento en que todo comenzó a cambiar sin retorno, como si Gandalf hubiera tocado a mi puerta y me hubiera dicho “vamos”.
Recordé a mis compañeros de ruta: las personas sabias, las heridas, las señales, las pruebas.
Las luchas internas y externas. Las decisiones difíciles. Las veces que seguí caminando aunque no entendiera hacia dónde.
“Esas horas de entrega a la maratón del Señor de los Anillos con fiebre me mostró que había estado cruzando la Tierra Media interna desde hace tiempo.”
Y entonces muchas cosas encajaron…
Me di cuenta de que esa travesía se ha manifestado en mi vida por años. La había estado viviendo desde hace años, quizás desde que Plutón entró en Capricornio —mi signo— en 2008, iniciando un ciclo de 16 años de transformaciones profundas, muertes internas, y reconstrucciones desde la raíz. Luego vino mi retorno de Saturno en 2010, que trajo estructura pero también peso, límites, confrontaciones con el tiempo, con lo que no había construido aún.

Y más adelante, entre 2017 y 2018, llegó lo que hoy reconozco como mi primer quiebre y noche oscura del alma: el retorno de mis Nodos del Karma. Esa etapa fue mi momento “Torre”como el arcano XVI del Tarot, ese punto donde la vida no solo te quita lo que no necesitas, sino también lo que creías imprescindible. El suelo se abrió. El yo que conocía se desmoronó y comencé mi viaje al inframundo.
Pero ahora, viéndolo desde este punto del camino, sé que todo fue parte del mismo relato. Del mismo viaje. Del camino que algunos Hobbits —sin quererlo— estamos destinados a recorrer.
Pasó la fiebre. Pasó la influenza. Y regresé a la normalidad…
Si es que todavía puedo llamar normalidad a lo que había empezado a transformarse desde agosto de 2024. Porque la verdad es que para entonces ya estaba entrando en una nueva saga. La enfermedad fue apenas un umbral, un portal psicodélico que me obligó a detenerme y que, sin buscarlo, me permitió comprender algo que más adelante sería clave.
Fue como si la fiebre hubiera quemado las últimas capas de una piel vieja. Como si el cuerpo necesitara esa pausa para preparar lo que vendría después.
Unas semanas más tarde, como si el universo siguiera guiando mi viaje, compré una copia de El Silmarillion de Tolkien. La tuve entre mis manos con emoción, como quien se encuentra con un libro sagrado.

No lo he leído todavía. Y ahora entiendo por qué…
Conforme fueron pasando los meses, sin darme cuenta al principio, comencé a entrar en un proceso muy profundo. Una especie de metamorfosis, algo dentro de mí empezó a retirarse. Como una oruga que ya no encuentra sentido en seguir avanzando y que simplemente se entrega a construir su crisálida.
Así detuve varios proyectos, apagué rutinas, me alejé de lo externo y de los deberes impuestos… me resguardé.
No fue fácil y tampoco romántico. Fue una lucha interna intensa entre lo que mi alma pedía soltar y lo que mi mente insistía en sostener por costumbre, por miedo o por responsabilidad.
Pero finalmente me permití parar.
«Y aunque no lo sabía con claridad en ese momento, estaba entrando en la matriz del renacimiento.»
Ha pasado mucho desde aquel momento hasta hoy, mientras escribo estas letras para compartirte otro trocito de mi historia… Pero necesitaba darte un poco de contexto antes de contarte lo que sigue. No solo porque es importante para mí, sino porque en los últimos años he podido experimentar —no solo a través de libros o películas, sino en la vida misma— cómo cada momento está lleno de símbolos.
Cómo todo está conectado, aunque no podamos verlo de inmediato. Cómo cada experiencia y cada encuentro es parte de un hilo invisible que, con el tiempo, va tejiendo una obra. Y si tenemos paciencia —y una mirada atenta—, ese tejido revela una arquitectura perfecta, como una obra de arte que solo se comprende al tomar distancia.
Fue tras mi segundo parto que empecé a ver esos mensajes simbólicos. Es difícil explicarlo con palabras, pero es como si hubiera desarrollado una doble visión: una que ve lo evidente, lo literal… y otra que atraviesa la superficie y encuentra el sentido profundo detrás de cada cosa.
Al principio era confuso, incluso abrumador. Pero con los años aprendí a vivir así. Y es fascinante. Sé que todos tenemos esa capacidad, si decidimos prestarle atención.
Ten paciencia conmigo, pronto entenderás por qué todo esto es relevante…
Retrocedamos un momento a los años de mi retorno de los Nodos del Karma, entre 2017 y 2018.
Fue una etapa fuerte. Compartí entonces tiempo y espacio con un grupo de mujeres —»amigas», en teoría— que terminó por disolverse, dejando tras de sí un vacío doloroso y un corazón roto.
A lo largo de mi vida, me ha sido difícil construir amistades femeninas cercanas. Pero confieso que siempre he anhelado esa relación de complicidad, de espejo, de ternura y contención que solo se da entre hermanas… aunque con mi hermana tengo una conexión muy profunda, sé que es distinto cuando esa relación se cultiva desde la amistad con otra mujer.
No sé si quizás fui muy ambiciosa en mi deseo de crear una comunidad íntima con todas aquellas mujeres. Tal vez fue demasiado pronto… o tal vez simplemente no era el momento ni el grupo.
El grupo se disolvió. Y yo, honestamente, ya no tenía tiempo ni energía para nada más que sobrevivir a la caída que estaba enfrentando. Fue mi etapa “Torre”. Esa en la que solo te queda aguantar mientras todo lo que conocías se desmorona y ese grupo era una parte de todo ello.
Pero no vengo a contar esa historia. Volvamos al presente: 2025.
Como muchos de ustedes saben, en marzo compartí el primer retiro del año, dedicado al Equinoccio de Primavera, como parte de Proyecto ALMA. Fue mi ofrenda simbólica para recibir esta primavera tan esperada, justo en un momento de plena transformación personal. (Por cierto, en junio tendremos el segundo retiro para recibir el Solsticio de Verano.)

Y fue en medio de esos preparativos, a las puertas del evento, que me reencontré con Sofi. Sí, una de las chicas de aquel grupo. Habíamos perdido contacto desde aquel intento —quizás ingenuo— de formar una comunidad de mujeres, esposas, profesionales y madres jóvenes que no sobrevivió al peso real de la vida.
Y aquí estábamos de nuevo… reencontrándonos después de un viaje largo y profundo que cada una hizo por su cuenta.
Un viaje que no fue fácil.
Un viaje por territorios internos, por pérdidas, duelos, cambios, renacimientos…
Un viaje por las tierras lejanas del dolor, la resiliencia, y la entrega final del anillo en Mordor —porque sí, nosotras también fuimos transformadas por el fuego.
El reencuentro me llenó de felicidad y no pude evitar invitarla al retiro.
Sofi aceptó, pero me propuso un canje: Ella viajaría a la capital para acompañarme en el retiro de primavera, y después, yo la visitaría en el bosque de Tecpán, en las afueras de la ciudad, para hacer juntas una sesión de photo healing. Pactamos la fecha y todo siguió su curso.
Hoy, escribiendo estas líneas unos días después de regresar de casa de Sofi, solo puedo decir: somos unas Hobbits, jajaja… ¿y cómo negarlo, si el simbolismo fue tan literal?
Te explico:
Me organicé sin pensarlo mucho. Dejé a los chicos con Hary, empaqué mis cosas y tomé el volante. Manejé un par de horas hasta el lugar acordado. Fue al cruzar los límites de la ciudad que me di cuenta de algo: era la primera vez que hacía esto sola. He tenido muchos viajes en carretera, incluso algunos en avión… pero siempre acompañada por mi familia. Esta vez era diferente… salía sola, al encuentro de algo que aún no sabía cómo nombrar.
El viaje fluyó sin imprevistos. Un par de horas más tarde, llegaba puntual a nuestro punto de encuentro. Compartimos un desayuno ameno y luego nos dirigimos a su casa. (Te dejo unas fotos abajo)


Al llegar a la puerta de la casa de Sofi, no pude evitar reírme: esto no era solo simbólico. Sofi literalmente vive en una preciosa casita construida bajo tierra, al pie de la montaña, rodeada de bosque. Una casa sin ventanas interiores, con una gran puerta redonda de madera. Era como entrar en la Comarca, pero anclada en nuestras tierras… ¡en la vida real!.
Las horas volaron sin darnos cuenta. Comenzamos a ponernos al día tras siete años sin vernos, y luego nos internamos en el bosque para una sesión de fotos que resultó ser mágica. No hubo nada más que presencia, conexión, juego, risas y luz entre los árboles.
Al volver a su casa, compartimos comida y conversaciones que, como ya es costumbre en mi vida, terminaron convirtiéndose en un ritual espontáneo y poderoso. Porque sí… todo lo que amo termina siendo un ritual. Y esta vez no fue la excepción.
Mientras hablábamos, mientras sentíamos el cambio del clima, la humedad del entorno, el silencio profundo… comencé a comprender algo. Esa casa bajo tierra no era solo una réplica de la casa Hobbit. Era el útero mismo. Un vientre oscuro, cálido y fértil. Y yo estaba ahí con mi amiga que ha experimentado, quizás su más grande transformación en ese lugar, al pie de la montaña donde habita la Diosa. Rodeada de árboles guardianes, aves, insectos y ardillas que cantan al atardecer como si también fueran parte del rito.
Cuando apagamos las luces para ir a dormir, la oscuridad fue total. No hay ventanas…
«Solo el abrigo de la tierra, el silencio absoluto, y la sensación de haber llegado a un lugar dentro y fuera de mí. Un lugar que no buscaba… pero que me estaba esperando.»
Al día siguiente, desayunamos en el jardín trasero de Sofi… El bosque. Y luego a prepararlo todo para volver a casa… pero no podía irme sin decirlo en voz alta:
Gracias, Sofi… gracias por ser mi partera.
Mi amiga, guardiana, hada del bosque… quizás no sepas del todo lo que hiciste ese fin de semana, pero yo sí lo sé. Me acompañaste en un renacimiento. Me sostuviste sin esfuerzo como toda una experta. Y es que tu sabiduría femenina va implícita incluso en tu nombre…
Sofía, de origen griego significa «sabiduría». En la mitología griega, Sofía es la personificación de la sabiduría y se considera una diosa, mientras que en algunas tradiciones religiosas y esotéricas, Sofía se interpreta como una figura divina o una emanación de la divinidad. Sabiduría, se refiere a la capacidad de entender la naturaleza del mundo, tomar decisiones acertadas y vivir una vida plena.
Así que sin proponérselo, Sofi me mostró que tiene un don profundo, intuitivo, ancestral… listo para ser compartido con muchas otras mujeres que también estén listas para volver a nacer. Porque sí, algo se gestó entre nosotras. Y muy pronto lo compartiremos con quienes sientan el llamado a sumergirse en este mismo bosque, en esta misma experiencia de volver al cuerpo, al alma, a la tierra. (Esperen noticias!)
A veces creemos que las historias épicas solo existen en los libros, en las películas o en mundos de fantasía lejanos. Nos enseñaron a buscarlas en grandes hazañas, en viajes imposibles, en héroes que parecen hechos de otra materia.
Pero no.
Las historias épicas también habitan en lo cotidiano. En lo que duele, en lo que cambia, en lo que resistimos.
Están escondidas en las decisiones pequeñas, en los silencios profundos, en los encuentros que transforman y en los momentos en que —sin saberlo— estamos cruzando nuestros propios bosques oscuros, luchando con sombras internas o entregando el peso que llevamos a una especie de fuego sagrado.
No hay que ir muy lejos para ser protagonistas de una travesía extraordinaria. Solo hay que mirar con otros ojos. Y tal vez, si te lo permites, puedas verte a ti mismo como la heroína o el héroe de tu propio relato.
Una historia no menor, una historia real… La tuya.


Y así, crucé esa enorme puerta redonda de madera.
Nos dimos un abrazo fuerte. Un abrazo de cierre, de inicio, de reconocimiento. Y luego bajé esas gradas de piedra que conducen al exterior…
Y entendí, sin lugar a dudas, que estaba atravesando el canal de parto. Las paredes rugosas, húmedas, frías… eran el símbolo perfecto del interior femenino por donde la vida misma se abre paso.
Y así nací.
Una vez más.
Lo que viene a partir de esta experiencia es una nueva historia… Esto apenas es el principio.
Con Amor,
Stefanie Bolsón.