
(Shemot/ Éxodo 35:1 – 38:20)
Construir y proteger el santuario interior
La porción de esta semana nos trae nuevamente una oportunidad para conectarnos con el poder de la renovación, transformarnos y abrirnos a la Luz del Creador.
El Zóhar comparte una enseñanza muy profunda sobre aquellos que se atreven a viajar hacia su interior con el propósito de crecer espiritualmente. Nos dice que quien desciende a las profundidades de sus propias aguas interiores eventualmente recibirá sabiduría, una conexión con un Tzadik —una persona justa—, la comprensión de la totalidad de la Torah y finalmente una conexión con la Luz del Creador.
Esta enseñanza, sin embargo, está llena de símbolos que vale la pena comprender.
Cuando el Zóhar habla de descender a las aguas profundas, no se refiere simplemente a reflexionar o pensar en uno mismo. En la Kabbalah, las aguas representan la dimensión oculta del alma: el lugar donde habitan nuestras emociones, nuestros deseos, nuestras memorias y también nuestras sombras.
«Descender a esas aguas significa tener el valor de enfrentarnos a nosotros mismos sin máscaras. Significa mirar de frente nuestros patrones, nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestras verdades más profundas.»
No es un proceso cómodo, pero es el único camino hacia una transformación real.
Cuando una persona atraviesa este proceso comienza a desarrollarse algo muy importante: sabiduría.
Y en la Kabbalah la sabiduría no se refiere únicamente al conocimiento intelectual. La sabiduría es la capacidad de percibir la verdad detrás de nuestras experiencias y comprender los patrones que gobiernan nuestra vida.
A medida que esta consciencia despierta, el Zóhar dice que la persona establece una conexión con un Tzadik.
Este concepto también suele malinterpretarse. Un Tzadik no es simplemente alguien bueno o moralmente correcto. En la tradición cabalística un Tzadik es alguien que ha logrado alinear su consciencia con la Luz del Creador y por lo tanto actúa como un canal a través del cual esa Luz puede manifestarse en el mundo.
La conexión con un Tzadik puede manifestarse de muchas formas… como a través de un maestro espiritual, una enseñanza, un texto sagrado o incluso una intuición profunda que comienza a despertar dentro de nosotros. En otras palabras, cuando una persona transforma su interior, su consciencia cambia y entonces la guía correcta comienza a aparecer en su camino.
El Zóhar continúa diciendo que a través de este proceso la persona accede a la totalidad de la Torah. Esto no significa que de pronto memorice todos los textos sagrados. Significa que comienza a comprender que la Torah es un mapa de procesos espirituales que también ocurren dentro de su propia alma.
Las historias dejan de ser relatos externos y comienzan a revelar significados internos y así finalmente, el resultado de este proceso es una conexión más profunda con la Luz del Creador.
Pero esta Luz no llega desde algún lugar externo o lejano. La Kabbalah enseña que la Luz siempre ha estado presente, pero lo que cambia es nuestra capacidad de percibirla… Por ello cuando la persona limpia su interior y despierta su consciencia, comienza a reconocer que esa Luz siempre ha habitado dentro de ella.
El trabajo espiritual
La Kabbalah nos enseña que el trabajo espiritual es fundamental para corregirnos, transformarnos y abrirnos a recibir la Luz.
En la tradición cabalística este proceso se conoce como Tikun, que significa corrección o reparación del alma. No se trata de castigarnos por nuestros errores ni de intentar convertirnos en personas perfectas, sino de reconocer aquellos patrones, pensamientos y comportamientos que nos desconectan de nuestra verdadera esencia y comenzar a transformarlos.
Sin embargo, hay un secreto dentro de todo este proceso que muchas veces pasa desapercibido.
Y es que tendemos a creer que es el trabajo espiritual lo que produce la Luz. Pensamos que mientras más prácticas hagamos, más estudio tengamos o más esfuerzo pongamos en el camino espiritual, entonces más cerca estaremos de encontrar aquello que buscamos.
Pero la Kabbalah nos enseña algo distinto…
«El trabajo espiritual no crea la Luz. El trabajo espiritual es simplemente el medio que nos permite remover aquello que nos impide verla.»
La Luz no llega desde un lugar externo ni lejano. La Luz siempre ha estado presente. Lo que ocurre es que nuestras propias capas de confusión, miedo, ego y condicionamientos nos impiden reconocerla.
Por eso el verdadero propósito del trabajo espiritual no es ir a buscar algo fuera de nosotros. Es recordar lo que ya somos.
Cada vez que elevamos nuestra consciencia y transformamos una parte de nosotros mismos, quitamos uno de esos velos que nos separan de nuestra esencia. Eso es lo que significa vibrar alto… porque vibrar alto nos hace conscientes. Y así, poco a poco comenzamos a reconocer que aquello que creíamos estar buscando afuera siempre estuvo dentro de nosotros.
El Mishkan
Después de comprender que la Luz no es algo que debemos buscar fuera, sino algo que debemos aprender a reconocer dentro de nosotros, la Torah introduce uno de los símbolos centrales de esta porción: el Mishkan.
El Mishkan era el santuario portátil que acompañaba al pueblo en el desierto. Era el lugar donde se realizaban las ofrendas, las oraciones y donde se manifestaba la presencia divina en medio del pueblo.
Sin embargo, la Kabbalah nos recuerda que la Torah siempre habla en lenguaje simbólico.
El Mishkan no representa únicamente una estructura física construida en el desierto. También representa un santuario interior. Es el espacio dentro de nosotros desde donde ocurre la verdadera conexión con la Luz del Creador.
Pero hay un detalle importante en la narrativa de la Torah: el Mishkan primero tuvo que ser construido antes de poder ser habitado.
Esto nos revela una enseñanza muy profunda:
«Para poder entrar en ese santuario interior primero debemos construirlo dentro de nosotros.»
Construir ese espacio implica realizar un proceso de limpieza interna. Significa observar nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestras reacciones, y comenzar a transformar todo aquello que genera caos o negatividad en nuestro interior. A medida que hacemos este trabajo comenzamos a crear dentro de nosotros un espacio de mayor claridad y consciencia.
Es desde ese espacio que podemos verdaderamente conversar con la Luz. Es desde allí que comenzamos a reconocer la presencia de la Luz en otras personas. Y es desde ese santuario interior que nos volvemos más sensibles a las señales y sincronías que llegan a nuestra vida desde planos más elevados de consciencia.
El Becerro de Oro
La Torah también nos recuerda un episodio importante que ocurrió antes de la construcción del Mishkan: el incidente del Becerro de Oro.
Según la tradición cabalística, una de las principales influencias detrás de ese episodio fue la presencia del erev rav, un grupo de egipcios que salió junto al pueblo durante el éxodo. Estas personas no buscaban realmente una transformación espiritual. Su motivación era distinta… querían acceder al poder y al conocimiento espiritual que veían manifestarse a través de Moshé.
Por esta razón, cuando finalmente se construyó el Mishkan, se les prohibió participar en él.
La razón es profunda… El Mishkan era un espacio destinado a la conexión con la Luz del Creador, y las energías representadas por el erev rav —como el odio, la envidia, la manipulación y el deseo de recibir únicamente para uno mismo— eran incompatibles con ese espacio sagrado. La Kabbalah describe estas cualidades como energías de muerte, porque tienen el poder de desconectarnos de la Luz y de debilitar nuestra consciencia espiritual.
Pero como ocurre muchas veces en la Torah, esta historia también contiene un mensaje simbólico que va mucho más allá del relato histórico.
El erev rav no representa únicamente personas externas. También representa aspectos dentro de nosotros mismos. Son aquellas partes de nuestro ego que buscan poder, reconocimiento o satisfacción personal incluso dentro del camino espiritual.
«Son las voces internas que distorsionan nuestras intenciones y que pueden llevarnos a utilizar la espiritualidad como un medio para alimentar nuestro propio ego.»
La enseñanza que nos deja esta porción es muy clara: Así como el erev rav no podía entrar al Mishkan, tampoco podemos permitir que esas energías entren en nuestro propio santuario interior.
Cuando dejamos espacio para la ira, el resentimiento, la envidia o el deseo egoísta, estas emociones comienzan a consumirnos desde dentro y poco a poco debilitan nuestra conexión con la Luz. Por eso el trabajo espiritual también implica aprender a reconocer qué energías estamos permitiendo habitar dentro de nosotros.
Lo que en realidad nos está enseñando esta sección es que no podemos permitir que cualquier clase de energía entre en nuestro santuario interior. Así como el Mishkan debía ser un espacio cuidado y protegido, también nosotros debemos aprender a proteger el espacio interno desde el cual nos conectamos con la Luz.
Esto implica reconocer y responsabilizarnos de aquellas emociones y estados internos que generan desconexión. La ira, el resentimiento, el odio, la envidia o el deseo egoísta no son simplemente emociones pasajeras; cuando permanecen en nuestro interior comienzan a alterar nuestro estado de consciencia y debilitan nuestra conexión espiritual. Son energías que poco a poco consumen nuestra claridad interior y nos alejan de la percepción de la Luz.
Por esta razón, el trabajo espiritual no consiste únicamente en realizar prácticas o estudiar enseñanzas. También implica desarrollar la capacidad de observar nuestro mundo interior y reconocer qué emociones estamos permitiendo habitar dentro de nosotros. Cada vez que permitimos que estas energías se instalen en nuestro sistema, es como si abriéramos la puerta del santuario a fuerzas que lo contaminan.
Por lo tanto, proteger nuestro santuario interior significa aprender a reconocer estas emociones cuando aparecen y asumir la responsabilidad de transformarlas. No se trata de negar lo que sentimos, sino de no permitir que esas energías definan nuestra forma de ver el mundo ni la manera en que respondemos a la vida.
Idolatría
Este tipo de energías no pueden transformarse únicamente a través de acciones físicas o materiales. El cambio debe ocurrir en el interior. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en una forma más sutil de idolatría, similar a la que representa el erev rav. La idolatría no consiste únicamente en adorar imágenes o figuras externas; también ocurre cuando creemos que algo fuera de nosotros tiene el poder de otorgarnos plenitud, claridad o transformación espiritual.
Con frecuencia buscamos soluciones en objetos, rituales o circunstancias externas esperando que algo fuera de nosotros cambie lo que sentimos dentro. Sin embargo, la Kabbalah nos recuerda que ninguna herramienta externa puede sustituir el trabajo interno. Las prácticas espirituales pueden ayudarnos a crear un espacio de consciencia, pero no pueden realizar la transformación por nosotros.
«El verdadero cambio ocurre cuando observamos nuestras emociones, nuestras reacciones y nuestras intenciones, y asumimos la responsabilidad de transformarlas. Solo de esta manera podemos mantener nuestro santuario interior libre de aquellas energías que generan desconexión.»
Esta porción también nos invita a reflexionar sobre nuestro entorno y sobre la manera en que nos relacionamos con quienes nos rodean. La construcción del santuario interior no ocurre en aislamiento; ocurre también a través de nuestras interacciones diarias y de la forma en que tratamos a los demás.
En cada encuentro tenemos la posibilidad de actuar desde la consciencia o desde el ego. Podemos elegir tratar a los demás con respeto y dignidad, reconociendo la presencia de la Luz en cada persona. O podemos actuar desde el egoísmo, ocupándonos únicamente de nuestro propio espacio y nuestras propias necesidades, ignorando lo que ocurre con quienes nos rodean.
El ego tiene la capacidad de distorsionar nuestra percepción y hacernos olvidar la sensibilidad y el respeto que sostienen nuestras relaciones humanas. Por eso el trabajo espiritual requiere atención constante. Durante la semana vivimos en un mundo donde las fronteras entre las energías que nos acercan a la Luz y aquellas que nos alejan de ella pueden volverse confusas, y es muy fácil caer en la trampa del materialismo o desviarnos del camino de la consciencia.
En este contexto, la Kabbalah también habla de la conexión especial que se abre durante Shabbat. Sin embargo, es importante comprender el significado profundo de esta enseñanza. No se trata únicamente de una práctica religiosa ni de la simple celebración de un día específico de la semana.
A lo largo del tiempo, muchas tradiciones han conservado rituales que originalmente estaban destinados a recordarnos ciertos principios espirituales. Pero cuando el ritual se practica sin consciencia, es fácil que la forma externa permanezca mientras el significado interior se pierde.
Shabbat representa un principio mucho más profundo que una observancia cultural. Simboliza un momento en el que el ritmo habitual de la vida se detiene y la consciencia tiene la oportunidad de elevarse. Es un espacio dentro del tiempo en el que podemos alejarnos por un momento de la constante actividad del mundo material para reconectar con nuestra esencia.
Desde esta perspectiva, Shabbat puede entenderse como un recordatorio de que el alma también necesita pausas, momentos de silencio y espacios de renovación. Así como existen ciertas ventanas cósmicas durante el año que facilitan determinadas conexiones espirituales, también existen momentos en el ciclo semanal que nos invitan a detenernos, recargar nuestra energía y volver a alinearnos con aquello que verdaderamente importa.
Cuando comprendemos este principio, dejamos de ver estas enseñanzas como una obligación religiosa y comenzamos a reconocerlas como una invitación a crear conscientemente espacios de renovación espiritual dentro de nuestra vida.
Sobre el Incienso/ Ketoret
Dentro del Mishkan existía también un elemento que cumplía una función muy particular en el proceso de conexión espiritual: el incienso. En hebreo la palabra para incienso es ketoret, y comparte su raíz con la palabra ketiru, que significa “conectar”. Este detalle lingüístico revela uno de los códigos que la tradición cabalística busca transmitir: el incienso no es únicamente un elemento ritual, sino un símbolo del proceso de conexión.
El humo aromático que se elevaba desde el incienso cumplía la función de limpiar y purificar el espacio antes de que se realizaran las oraciones o los cantos dentro del santuario. El Zóhar explica que nada puede elevarse verdaderamente mientras la impureza o la suciedad permanezcan presentes. Antes de cualquier acto de conexión, primero debe ocurrir un proceso de limpieza.
En un sentido simbólico, esta enseñanza también habla de nuestro mundo interior. Antes de intentar elevar nuestra consciencia o buscar una conexión espiritual más profunda, es necesario reconocer y limpiar aquello que genera confusión o ruido dentro de nosotros. Pensamientos repetitivos, emociones densas o estados internos de conflicto pueden convertirse en obstáculos que impiden que nuestra consciencia se eleve con claridad.
«El incienso representa precisamente ese momento de preparación. Es el acto consciente de purificar el espacio interno, de aquietar la mente y de ordenar nuestras emociones para crear las condiciones adecuadas para la conexión. En otras palabras, nos recuerda que la conexión espiritual no ocurre de manera automática; requiere un estado de apertura, claridad y presencia.»
Por esta razón, muchas tradiciones espirituales han utilizado aromas, humo o plantas sagradas como parte de sus prácticas. Más allá del elemento material, lo que estas prácticas buscan evocar es la intención de limpiar el espacio y preparar la consciencia para un momento de conexión más profunda. Y así como el incienso purificaba el Mishkan antes de que se elevaran las oraciones, también nosotros necesitamos aprender a limpiar nuestro santuario interior antes de intentar elevar nuestra consciencia.
Sacrificios
Otro de los temas que aparece en esta porción y que con frecuencia genera confusión es el de los sacrificios. Para muchas personas, la idea de los sacrificios en la Torah se asocia inmediatamente con la matanza de animales como una forma de expiar errores o faltas. Sin embargo, cuando estas enseñanzas se observan desde la perspectiva de la Kabbalah, su significado adquiere una dimensión mucho más profunda.
La palabra que suele traducirse como “sacrificio” proviene del término hebreo korban, cuya raíz está relacionada con la idea de acercamiento. En ese sentido, el sacrificio no se refiere simplemente a una ofrenda material, sino a un proceso interno mediante el cual la persona se acerca nuevamente a la Luz.
Desde esta perspectiva, el sacrificio más importante no es algo que ocurre fuera de nosotros, sino algo que ocurre dentro. Se trata del acto consciente de reconocer aquellos aspectos de nuestra naturaleza que están gobernados por el ego y que nos mantienen atrapados en patrones repetitivos de comportamiento. Nuestra impaciencia, nuestro orgullo, el deseo constante de tener la razón, la necesidad de recibir únicamente para nosotros mismos o la tendencia a reaccionar impulsivamente son expresiones de esa parte más instintiva de nuestra naturaleza.
El sacrificio del que hablan estos textos es, en realidad, el proceso de transformar esas tendencias. Cada vez que elegimos actuar desde la consciencia en lugar de reaccionar automáticamente, estamos realizando ese tipo de sacrificio. Cada vez que somos capaces de detener una reacción impulsiva, de responder con paciencia donde antes habría surgido la ira o de actuar con generosidad donde antes dominaba el egoísmo, estamos alterando la dirección de nuestra propia energía.
La Kabbalah enseña que estos actos tienen el poder de modificar el curso de nuestra vida. Cuando transformamos nuestras acciones y nuestras intenciones, también transformamos el potencial que esas acciones generan en nuestro destino. De esta manera, aquello que en otro momento podría haberse manifestado como caos o dificultad puede convertirse en una oportunidad de crecimiento o de aprendizaje.
Por esta razón, el sacrificio espiritual nunca consiste en renunciar a aquello que verdaderamente nutre nuestra vida. No se trata de sacrificar el amor, el tiempo con nuestros seres queridos o los espacios que alimentan nuestra alma. El único sacrificio que tiene valor espiritual es el sacrificio de aquellos rasgos del ego que nos impiden crecer, evolucionar y revelar nuestro verdadero potencial.
Cuando comprendemos esto, el concepto de sacrificio deja de ser una idea asociada al sufrimiento y comienza a revelarse como un acto de transformación consciente. Es el momento en el que elegimos dejar atrás una versión limitada de nosotros mismos para abrir espacio a una expresión más clara y más luminosa de nuestra esencia.
Cuidar nuestra energía
Antes de concluir esta enseñanza, también se nos recuerda la importancia de cuidar nuestra propia energía. Cada persona está rodeada por un campo energético que se extiende más allá del cuerpo físico y que interactúa constantemente con el entorno y con las personas que nos rodean. Cuando compartimos espacio con alguien, nuestras energías inevitablemente entran en contacto.
Por esta razón, es importante desarrollar una mayor consciencia sobre los ambientes y las personas con quienes compartimos nuestro tiempo y nuestra atención. Las personas que cultivan estados internos de claridad, generosidad o equilibrio pueden fortalecer nuestro campo energético y contribuir a nuestro bienestar. Por el contrario, cuando estamos expuestos de manera constante a energías cargadas de negatividad, resentimiento o conflicto, estas dinámicas pueden afectar nuestro estado interno y debilitar nuestra conexión con la Luz.
Esto no significa que debamos vivir aislados o juzgar a otros, sino que necesitamos aprender a reconocer cómo se mueve nuestra energía en distintos contextos y asumir la responsabilidad de cuidarla. Así como protegemos nuestro santuario interior de pensamientos o emociones que generan caos, también debemos ser conscientes del impacto que tienen nuestras relaciones y nuestros entornos en nuestro equilibrio interno.
En última instancia, esta porción nos recuerda que a mayor consciencia, mayor responsabilidad. Cada paso que damos en nuestro crecimiento espiritual nos acerca más a la Luz, pero también nos invita a cuidar con mayor atención la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos con el mundo.
«Mantener encendida esa Luz dentro de nosotros no es solo un beneficio personal; es también una forma de contribuir al equilibrio del mundo que compartimos con otros. Cada acto de consciencia, cada transformación interior y cada gesto de respeto hacia los demás tiene el poder de expandir esa Luz un poco más allá de nosotros mismos.»
Y así terminamos la lección de Vayakhel… Abajo te dejo la hoja de trabajo descargable y nos vemos en el siguiente y último capítulo del libro.
Con Amor, Stefanie.-